Ya sabes cómo va esto, Blanca

Jun 22

Despertar con la sensación de no recordar nada de la noche anterior no es muy agradable. Despertar por un dolor en tus muñecas, intentar moverlas y notar el roce de unas cuerdas que te aprietan y aprisionan, muchísimo menos.

PLAS.
PLAS.

    Con la primera cachetada no reaccioné, pero con la segunda abrí los ojos. No veía mucho de dónde estaba, el ojo derecho prácticamente cerrado, y por el izquierdo lo veía todo un poco borroso a causa del cansancio. Una mano me agarró la barbilla y me sostuvo la cara. Enfoqué un poco más instintivamente, pero todavía no tenía el cuerpo para muchos esfuerzos; distinguí la figura de un hombre delante de mí mirándome las pupilas. Me soltó y la cabeza se me cayó sin resistencia.

— Todavía está un poco dormida. -Dijo una voz.

Silencio.

— Dale. -Dijo otra.

    Me tiraron un cubo de agua a la cara. Un cubo de agua helada que golpeó mi cabeza, me empapó el pelo y me congeló el cerebro. Una mano me volvió a agarrar de la barbilla levantándome la cara mientras el agua me corría espalda abajo helando todo a su paso. Un nuevo cubo de agua me dio de lleno en la cara haciéndome abrir los ojos y parpadear rápidamente ante el peligro que mi cuerpo estaba asimilando, y haciéndome resoplar por el agua que se me estaba colando por la nariz y que me resbalaba por la boca. Comencé a respirar más rápido, estaba en estado de alerta; mi cuerpo ya se había deshecho del adormecimiento que llevaba encima y mis ojos iban de izquierda a derecha y de arriba a abajo mirando todo lo que me rodeaba, buscando algo que me pudiera decir dónde me encontraba o quiénes eran los dos hombres que tenía delante de mí.

Nada.

    No reconocía nada. Una habitación de paredes grises sin ventanas, dos hombres con el mismo chandal negro, altos, sin barba y con el gesto serio; mi cuerpo sobre un colchón tirado en el suelo y mis brazos en lo alto, amarrados con dos cuerdas a unas argollas encalladas en la pared. El agua me seguía chorreando por la espalda y el pecho y cuando volví a mirar a los hombres, los vi mirándome fijamente las tetas. Con el estrés de no saber dónde estaba, ni porqué, no me había dado cuenta de que el frío del agua me había puesto los pezones como dos enormes icebergs en medio del Océano Ártico que era la camiseta blanca que llevaba y que se había pegado a mi piel. Uno de los hombres se levantó y vino hacia mí. Se quedó de cuclillas mirándome a los ojos, miró mis pezones y me volvió a mirar con una sonrisa mientras su mano iba en dirección a mi teta con el dedo pulgar y el índice haciendo una pequeña pinza.

— ¡Chsss! -Dijo el otro hombre. El que estaba conmigo lo miró. —¿Qué haces? Sabes que siempre es del jefe primero, sobre todo esta. ¿O quieres acabar en un cubo?

    El largo rato que siguió a este momento lo pasé imaginando en qué orden y cómo me iban a follar estos tíos. Indudablemente, el primero sería el jefe, ese al que tanto temen los dos que tenía sentada frente a mí, pero ¿sería solo él o después irían estos dos? ¿Vendrían más? ¿Irían de uno en uno o no les importaría compartir un trozo de carne? ¿Y cómo me follarían? ¿Estarían todos en la misma habitación esperando su turno como en la carnicería o sería más bien como en la sala de espera del dentista, cada uno sentado esperando a que el anterior saliera por la puerta de la consulta? ¡SIGUIENTEEEE! De lo que no me cabía ninguna, pero ninguna duda, era de que iban a ser unos polvos de mierda al noventa y nueve por ciento; con unas metidas lentas al principio que en nada se volverían más fuertes, rápido y sin ningún cuidado durante muy poco tiempo -aproximadamente entre un minuto y medio y tres- hasta correrse como unos cerdos y tirarme el aliento a alcohol y tabaco a la cara, con algún beso en el cuello durante la corrida. Como digo, no tenía ni la más mínima duda de que sería así, y a decir verdad, eso me entristeció, porque si me vas a follar, y además me vas a follar como castigo -porque si estoy aquí es porque algo he hecho para cabrear a alguien importante- por lo menos fóllame bien. Y no me refiero a que me des amor, besitos apasionados o caricias; no, me refiero a que no me folles como si se tratase de una competición en la que tienes que durar menos que el anterior bastardo que estuvo antes que tú y en la que mi coño solo es tu pista de velocidad. No, lo único que quiero es que te recrees un poco, joder; que le des valor a esos tres minutos si no puedes ofrecer más, pero que al menos sean tres putos minutazos. Que me sueltes las manos y me pongas a cuatro patas, que pegues mi pecho contra la cama para poder levantar más el culo y que me la metas hasta el fondo del útero para notar cómo la punta de tu polla me roza por dentro como tocando una puerta. KNOCK. KNOCK. Que me des un azote inesperado, que agarres mi pelo para tirar de él y ponerme mirando al frente mientras me PAM, PAM, PAM como un taladro percutor. Que me agarres de la barbilla y me lleves hacia ti, que me gires la cara y que me escupas. Que me uses un poco joder. No pido tanto. Solo que te esfuerces un poco. Que me des lo que mi cuerpo y mi sexualdad esperan de un polvo. Que me…

POOM. POOM. POOMMMM.

    Los dos hombres se giraron sobresaltados y salieron de la habitación para dejar paso a otro hombre. Llevaba unas gafas de sol negras que le cubrían parte de la cara, el pelo rapado casi afeitado y vestía con una camiseta de tirantes blanca y unos vaqueros. Cogió una de las sillas y se sentó justo enfrente de mí. Me ofreció un cigarrilo y negué con la cabeza. Se prendió uno y le dio una larguísima calada. Me miró tirando el aire. Agarró una botella de agua que había en el suelo y se acercó a darme un poco. Dejó caer el agua sobre mis labios y poco a poco fue tirándolo sobre mis pechos mojados. Se volvió a sentar y se terminó el cigarro. Se prendió otro, y tras dar otra larguísima calada, se quitó las gafas. No dijo nada, y yo no podía. Estaba irreconocible el cabrón, pero se ve que al final, César, el ex al que traicioné y robé cincuenta millones, me había encontrado. Se terminó el cigarro y me dijo: Ya sabes cómo va esto Blanca. Lo siento, pero hoy no vas a salir de aquí. Y se fue dando un portazo.

BOOM.

    Desperté toda mojada. Empapada en sudor y otras cosas. Me quedé un rato sin poder moverme, mirando al techo, con la respiración por las nubes y la mirada de César y su decepción todavía clavada en mis ojos. Me incorporé y me senté en la cama con la mirada al frente pero perdida, pensando en lo que acababa de soñar; contrariada ante el deseo y el miedo de la humillación y el sexo forzado y castigador, pero dolida una vez más, sin conseguir que un hombre me hubiera puesto un dedo encima.








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