Susana Valdez

Feb 21

Leonardo caminaba tranquilamente por la calle, pero tenía la sensación de llevar mucho tiempo andando sin saber bien a dónde se dirigía. Por lo pronto tampoco tenía intención de parar, a pesar de que llevaba lloviendo toda la mañana. Llovía mucho. Llovía como hacía tiempo que no llovía. Concretamente desde 1965, cuando se registró en la ciudad el récord de precipitaciones con 92 l/m2. No sabía cuántos llevarían esa mañana, ni le importaba, él seguía caminando bajo la lluvia. Lógicamente, las cafeterías estaban a rebosar de gente resguardándose del agua, al igual que las tiendas y los portales. Personas que le miraban asombradas varar bajo el diluvio, preguntándose qué diablos hacía un hombre paseando con la que estaba cayendo. ¡Ingenuos! Si ellos sintieran lo mismo que Leonardo, también saldrían a la calle a dar una vuelta. O incluso a acompañarle. Callados como en la Procesión del Silencio. Pero no, no sabían lo que le pasaba, y aunque lo supiesen no les interesaría lo más mínimo. Ellos tendrían otras preocupaciones que, por supuesto, no serían tan grandes ni trascendentales como las de Leonardo. Preocupacioncitas quizá. O quizá no, quizá eran igual de grandes o más que las suyas, pero era él el que estaba solo en la calle, devolviéndoles la mirada a ratos. Con un paso constante pero lento, iba cambiando de un barrio de la ciudad a otro, viendo como el agua crecía cada vez más en una ciudad que no estaba preparada para estas lluvias. Tenía los calcetines completamente empapados y los pies más fríos que su corazón. Por mucho que parezca la frase de un post de Instagram, así se sentía. Quizá por todas esas cosas no se fijó mucho en ese espectro que al igual que él, caminaba lentamente bajo la lluvia sin importarle que le estuviera cayendo encima la furia de Dios hecha agua. Un espectro que, en calidad de espectro, apareció y se esfumó sin dejar rastro. Un visto y no visto. Un relámpago de vida que le sacó de sus pensamientos durante una milésima de segundo para después continuar mirando al suelo, o a ninguna parte. Siguió sin mucho sentido hasta que notó cómo le vibraba la pierna. Era un mensaje de Lucas, su buen amigo Lucas, que le decía que acababa de escuchar en las noticias que la gran Susana Valdez, alias la Palmera del Caribe, había fallecido. También le preguntaba qué tal estaba, y si quería que se acercara a su casa a verlo. Pero no; no quería ver a nadie en ese momento, y tampoco tenía intención de contestar, así que no lo hizo. Lo que Lucas no sabía era que Leonardo estaba paseando bajo la lluvia para que el frío le impidiese notar las lágrimas que le caían por las mejillas, ni que Leonardo, distraído por su mensaje, había comenzado a cruzar una avenida sin mirar a la carretera. Tampoco sabía que un conductor llevaba pitándole desde hacía unos metros, y que por culpa de la lluvia terminó embistiéndole con la parte delantera derecha de su coche, levantándolo varios metros del suelo y lanzándolo otro tanto hacia delante. Por suerte para Leonardo, esta vez, al golpear su cuerpo contra el suelo, se despertó de ese sueño.

    No tenía buena cara esa mañana, pero tenía que conformarse, era la que tenía. Tras despertarse por la pesadilla de su accidente no había vuelto a dormirse hasta pasadas varias horas, y ni la ducha de agua fría, ni los dos cafés que llevaba en el cuerpo habían conseguido mejorarla. Como no podía hacer mucho más, intentó no pensar en ello. Escupió la pasta de dientes que tenía en la boca, se enjuagó y volvió a lavarse la cara. Último intento. Nada. Seguía siendo un cuadro gris y con ojeras. Dos meses después de aquella tarde, tenía ahora más pinta de morirse que por aquel entonces. Sus horas de sueño habían menguado de una media de 8 horas y media, a una constante de 5, y el sueño recurrente se sucedía noche tras noche sin encontrar la manera de sacarlos de su mente, de su subconsciente o de donde mierda estuviera. Había hablado con psicólogos, recurrido a hipnotistas, e incluso había ido a rezar previo paso por el confesionario para ver si una ayuda divina le liberaba del recuerdo de aquella mañana. Pero ni el mismísimo Dios había conseguido que desapareciera. Mientras se secaba la cara escuchó cómo le llamaban al móvil, pero no le importaba ni lo más mínimo. Era triste, pero el día estaba comenzando y ya quería que se acabara. Cuando fue a ver quién era ya habían colgado. Era Eva. Puso el móvil en vibración y lo tiró a un lado de la cama. Se tumbó mirando al techo, entrecruzó las manos y cerró los ojos. Respiraba lenta y profundamente, fantaseando con inhalar cada vez menos oxígeno y notar cómo su corazón comenzaba a estresarse. Aguantó hasta que una tos seca le hizo abrir la boca y aspirar todo el aire que había a su alrededor. El móvil vibró un par de veces más. Estiró la mano y lo cogió. 2 mensajes del mismo número.

-        Nos vemos media hora antes?

-        Vas a ir, verdad?

-        No. –Contestó.

-        Iré directamente a las 12. –Bloqueó el móvil y se giró hacia la derecha. Lo puso un poco alejado de su cuerpo y se colocó en posición fetal. Sorprendentemente, se quedó dormido.

    Se despertó porque el móvil estaba vibrando de nuevo. Había tardado un par de tonos, pero todavía tenía la llamada entrante. Era el mismo número. Colgó y ni se molestó en leer los nuevos mensajes que le había mandado. Se levantó a regañadientes y se quedó sentado en el borde de la cama, mirando por la ventana. El cielo estaba abierto. Azul y sin nubes. El sol entraba por la ventana llenando toda la habitación de alegría y vitalidad. De todas las ganas de vivir que le faltaban a Leonardo. Se acercó a abrir la ventana y hasta la calle tenía más vida que él. El día invitaba a salir de casa y disfrutar del buen tiempo, pero lo único que quería era bajar la persiana, cerrar la ventana y quedarse debajo de la sábana. Despertarse mañana, o no despertarse nunca, pero por nada del mundo quería salir a la calle. El móvil comenzó a vibrar otra vez, y a pesar de que quiso cogerlo y estamparlo contra la pared, lo tomó como un aviso de que tenía que ir espabilando. Siguió sin contestar, pero al menos se decidió a empezar el día. Lo cogió para poner algo de música, y puso lo que llevaba escuchando el último mes y medio, la Gymnopédie No1.

    Volvió a echarse un vistazo frente al espejo del armario. De cuerpo entero daba la misma lástima que transmitía su cara. Había perdido alrededor de 15 kilos y se le empezaban a notar un poco las costillas. Los brazos también habían perdido algo de masa muscular y las piernas estaban destinadas a ser las siguientes. No tenía báscula, pero andaría por los 60 kilos, un peso que para sus 178 cm estaba muy lejos del ideal y que le hizo acordarse de Trevor Reznik. Parecía que se estuviese preparando para interpretarlo en el típico remake 20 años después del estreno. Se quedó mirando el hueco que se le estaba formando entre las costillas y metió la punta de uno de sus dedos. Le dio grima, pero apretó un poco más y comenzó a moverlo en círculos. Era la misma sensación que intentar cruzar un trozo de látex con el dedo. Se daba pena a sí mismo y pensaba que tendría que estar prohibido que la gente tuviera que ver su escuálido cuerpo. Abrió las puertas del armario y comenzó a buscar algo para vestirse. Buscó una camisa blanca. Dudaba entre una lisa o una con una pequeña textura; escogió un pantalón negro recto de tela, un par de calcetines altos y lo dejó todo sobre la cama perfectamente dispuesto. Luego cerró la puerta y comenzó a vestirse. Eso es lo que habría pasado cualquier otro día anterior al accidente, pero desgraciadamente, hoy no era ese día, y su armario era una buena metáfora de su vida. Tenía todo mezclado, pantalones, camisas, camisetas, chaquetas… hasta le pareció ver un calzoncillo colgado de una percha. Aquello parecía una tienda al final de una jornada de rebajas en Primark. Mientras miraba el interior del armario, sintió lástima de sí mismo. Lástima por el tamaño y el color de sus ojeras. Por la palidez de su rostro. La demacración de su cuerpo. Pero, sobre todo, sintió lástima por cómo tenía el armario.

    Tras un rato buscando, desechó todas las opciones que había barajado. Las camisas le caían sobre los hombros, no llenaba las mangas de las camisetas, y los pantalones le bailaban incluso con cinturones. Al final, entre todo el lío de ropa, le pareció ver la manga de un antiguo mono negro. Tiró de él mientras movía con dificultad la ropa que tenía encima y lo sacó. Comprobó que no tuviera ninguna mancha y se lo puso. Cogió unas converse de bota negras que tenía tiradas por el suelo y dio por terminado el intento de parecer una persona. Volvió al baño para darse el último repaso antes de salir. Se humedeció un poco el pelo y se peinó hacia atrás como un gigoló o un dandy italiano de los años 90. Por un instante se dejó ver el recuerdo del hombre que era. Esa belleza tan suya que no era nada al lado de Susana. Ese Leonardo que tenía algo en la mirada. Que te traspasaba tras dos segundos de contacto visual. Alguna vez, él también había sido un dandy, pero ahora solo era su fantasma. Apagó la música y se guardó el móvil. Echó un ligero vistazo por la habitación en busca de su cartera. Buscó en los cajones de la cómoda que tenía al lado y en los de la mesita de noche. Ahí no estaba, pero en su lugar encontró unas gafas de sol que se agenció para salir a la calle y tapar un poco más su rostro. Movió con el pie el montón de ropa que tenía a un lado de la cama y obtuvo el mismo resultado. Resopló. La desidia se estaba apoderado de él. Salió de la habitación para ver si por casualidad estaba en el salón o en la cocina, y el golpe de realidad fue bastante duro. Si su armario estaba hecho una mierda, el salón era una mierda. Las bolsas de deliverys se amontonaban en el suelo al lado del sofá, y algunos envoltorios de comida estaban sobre la alfombra. Las bebidas, en cambio, estaban por todos lados. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto cuando fue a por café a la cocina? ¿Lo habría ignorado su subconsciente? ¿Habría ido en un estado de semi sonambulez? o ¿quizá tuviera un piloto automático matutino que tiene marcado el camino de la cama a la cocina para ir a por el primer café con el que golpear la resaca? No lo podía entender. Miraba a todos lados, no buscando la cartera, sino asombrado por cómo estaba la casa. No tenía la percepción de que viviese en un basurero, pero la realidad era bien distinta y esta no era más que otra prueba que le recordaba que su vida se estaba yendo a pique. Levantó las bolsas como pudo, rebuscó dentro de ellas y allí no estaba. Tampoco debajo de la mesa o engullida por el sofá. Rebuscó en las botellas que estaban encima de la mesa, pero estaban vacías. Ni en eso tenía suerte Leonardo. Tendrá que estar en la cocina, pensó. Eso, o estaba en el coche, o la había perdido. La encontró sobre la encimera de la cocina. Estaba dentro de una bolsa de plástico de algún chino cercano donde la noche anterior había comprado, a juzgar por los restos, una bolsa de patatas fritas que seguía sin abrir, varios cigarrillos, y dos botellas de vodka. Milagrosamente, solo había una empezada. Nunca sabría por qué, pero ya que estaba, le dio un trago a la que estaba abierta. Un trago que no se da, es un trago perdido, dijo en voz alta para justificarse ante la vida, y entonces, le dio otro. Una gota comenzó a resbalar por la comisura de sus labios igual que la típica gota que le chorrea a todos los borrachos en las películas cuando beben con ansia, o cuando ya no pueden seguir haciéndolo, pero aún así lo intentan. Esa era la gota que colmaba su boca. Vació en el fregadero el ridículo alcohol que quedaba en la botella, se guardó la cartera y se fue.

    Rebeca era una mujer alegre, activa, dinámica y madre de una niña de 3 años llamada Linda que se pasaba el día sonriendo, y estaba casada con un hombre divertido, bueno y trabajador. Rebeca era lo que se entiende por una persona feliz. Feliz con su vida, al menos. La típica mujer que te cruzas en el pasillo de casa y te saluda siempre. Pero no de las que saludan siempre y luego han matado a su marido y su hija envenenándolos con la comida. No, Rebeca solo era positiva, e irradiaba esa positividad allá por donde pasara. Por eso, cuando se abrió la puerta del ascensor y vio un ente vestido de negro, con unas gafas de sol negras, y un humor más negro que su ropa, el hola que salió de su boca tenía más de Leonardo que de Rebeca. Él contestó con un hola, o con un adiós. Quizá con un gruñido, porque fue tan imperceptible e inteligible, que nadie podría haber entendido lo que murmuró Leonardo. Rebeca se apartó para que no se chocaran mientras salía del ascensor y se metió rápidamente pulsando el número de su piso. Quería alejarse cuanto antes de él, y viceversa. El ascensor se cerró, pero Leonardo ya estaba en su coche, sentado con las llaves en la mano. Sabía que tenía que meter la llave, activar el contacto, quitar el freno de mano, embragar y salir, pero no podía. No quería salir, pero ya había hecho lo más difícil. Se quitó las gafas, se frotó los ojos y encendió el coche. En la radio comenzó a sonar jazz, pero la apagó; no era la Gymnopedié. 

    Fuera, el día seguía tan radiante como desde su ventana. Era uno de esos días que llegan para alegrar el fin de semana tras unos días de viento y frío. El cielo seguía sin mostrar el más mínimo indicio de que las nubes fueran a bloquear al sol, y la calle, ahora estaba a rebosar de gente. Paseaban, leían o hacían deporte. Adultos, jóvenes, padres e hijos. Unos tomaban el sol sobre el césped, y otro, sentado en un banco. Y algunos disfrutaban de la primera caña del día en la terraza de un bar. Al parecer, todos habían decidido salir a rozarse con el sol. Se notaba la felicidad en sus rostros. La ciudad se estaba encargando de recordarle a Leonardo que la vida era otra, no la que estaba viviendo; Y él, se volvió a poner las gafas para protegerse de la vida. Miró que no viniera nadie por su izquierda y se incorporó a la carretera. Conducía lento. Alerta. Nervioso. Pendiente de ambos lados del coche aunque los de su derecha estuvieran aparcados. Había perdido soltura. No lo usaba desde mucho tiempo antes del accidente, y ahora, la falta de costumbre, y el haber sido embestido por un coche, le generaba una sensación extraña. Sentía polillas revoloteando dentro del estómago. Aprovechó que estaban detenidos en un semáforo para volver a encender la radio. Quizá un poco de música le haría más ameno el momento y dejaría de pensar en todos los factores externos. El programa de jazz había terminado y en su lugar sonaba reggeaton. Comenzó a buscar alguna cadena que tuviera algo tranquilo, pero solo encontraba mierda. Pasó algún telediario y varios diales sin sintonizar. Se estremeció, pero siguió buscando bastante decidido en encontrar algo decente sin percatarse de que el coche de delante ya había arrancado. Quien sí se dio cuenta era el hombre que estaba diez metros detrás de él y que llevaba un rato mirando como Leonardo buscaba algo en su coche sin prestar atención al semáforo. El susodicho tocó el claxon de su coche de manera insistente. Era estridente. Antiguo y muy agudo; y a Leonardo se le clavó en los oídos. Se sobresaltó. Se puso más nervioso e intentó salir a toda prisa. Caló el coche y miró por el espejo retrovisor para ver quién le había pitado. Se encontró con la cara de perros de un hombre de unos 55 años con un bigote ochentero que no paraba de dar golpecitos con los dedos sobre el volante. Leonardo apagó el coche, arrancó y metió primera soltando el embrague lentamente para poder salir de ahí cuanto antes. A 20 metros vio una parada de autobús y se detuvo. El señor volvió a pitar cuando pasó a su lado y Leonardo vio cómo se marchaba en su Opel Kaddet. Con todo el embrollo no se había dado cuenta de que el ruido de la radio continuaba sonando. La apagó y cerró los ojos. Pasados un par de minutos, volvió a ponerse en marcha. No estaba lejos de su casa ya que solo había recorrido un par de kilómetros por el centro de la ciudad, así que decidió volver.

    Diez minutos después, Leonardo salió del garaje a la calle subiendo por las escaleras. Quería evitar, en la medida de lo posible, tener que cruzarse con alguien. El encuentro con Rebeca había sido horrendo, no recordaba ni haberla mirado a los ojos. Fuera, el sol seguía calentando el día. La calle seguía llena de gente. Y Leonardo continuaba queriendo subir a su casa. Pero no lo hizo. Se acercó a la acera y paró al primer taxi que vio.

-        ¡Buenos días! –Le dijo el conductor nada más subirse.

-        Buenos días. –Contestó Leonardo. Al Paseo del Atardecer, por favor.
   
    El taxista activó el taxímetro y salieron. Leonardo se puso a mirar por la ventana. Tenía unos 15 minutos de trayecto dependiendo de cómo estuviera el tráfico, pero con el día que hacía podía, o no haber casi nadie, o estar lleno de gente yendo a las playas. Lo que estaba claro era, que por el lío con el coche, ya no iba a poder parar en la floristería de camino a su destino. Se maldijo por no haber decidido ir en taxi desde un principio y se dio un golpe en la pierna con el puño. Se entristeció. Había pensado llevar un clavel ese día. Comenzaron a salir del centro de la ciudad y Leonardo seguía mirando por la ventana. Analizaba a cada persona que veía en la calle tras las lentes negras de sus gafas. Todos parecían disfrutar del día y ser felices; pero él sabía que eso era imposible. El taxista le sacó de sus pensamientos preguntándole si le importaba que encendiera la radio. Dudó un segundo qué responder. No quería escuchar nada, pero no se lo dijo. Le contestó que no le importaba y el taxista le dio las gracias. Le gustaba que fuera tan educado, especialmente siendo tan joven. No pasaría los 25 años. El taxista encendió la radio y comenzó a sonar salsa. Le costó un par de acordes, pero en seguida reconoció la canción. Era El Carretero, de Buena Vista Social Club. Susana le enseñó ese grupo, e instantáneamente volvió a su cabeza. Un sentimiento agridulce le recorrió el cuerpo. Se quedó mirando al taxista con una media sonrisa. Este se dio cuenta y le preguntó si le gustaba. Leonardo le contestó que sí, pero que sobre todo le recordaba a alguien especial que hubo en su vida. El joven sonrió y dejó el tema.

-        Son 13,65 –Dijo el taxista cuando paró el coche en el paseo.

-        Quédese con el cambio. –Contestó Leonardo.- Que tenga un buen día.

-        Muchas gracias, señor. Igualmente. Y recuerde escuchar de vez en cuando este disco. –Dijo mientras sonreía.

-        Lo haré. Gracias. –Cerró la puerta y comenzó a andar por el paseo.

    Había gente. No demasiada, pero la suficiente para que estuviese lleno. En la playa también había, principalmente tomando el sol, pero vio a algún atrevido que se había metido al agua. Caminaba con las manos en los bolsillos, pensando en el tiempo que hacía que no estaba por allí. Caminaba mirando al suelo, no quería ver lo que le esperaba al final del paseo, y a punto estuvo de chocar con un niño que iba patinando con sus amigos. Levantó la cabeza y lo vio a un par de metros. Iba de espaldas mientras los otros le grababan. Los esquivó como pudo con un movimiento sorprendentemente acrobático y los chicos le pidieron perdón a lo lejos mientras seguían su camino. Se quedó mirando cómo se alejaban y se dio la vuelta para continuar. Levantó la vista para evitar otro susto y vio a lo lejos El Embarcadero. Seguía tal y como lo recordaba, con el mismo techo triangular, las mismas sombrillas hechas con hojas de palmeras secas y el mismo cartel luminoso. Era un antiguo chiringuito de playa de la época de los 80 que había aguantado el paso del tiempo siendo fiel a su estilo. Música caribeña, ron y mucha alegría. Supuso que seguiría siendo igual a pesar de no haberlo pisado desde entonces, o al menos eso le parecía desde la distancia. De repente su teléfono volvió a vibrar. Era Eva de nuevo. Lo dejó pasar; estaba prácticamente al lado, ya hablarían entonces. A medida que se iba acercando, los nervios se iban apoderando de él. Comenzó a sentir calor por todo el cuerpo. Su respiración se estaba acelerando y su corazón golpeaba contra su pecho queriendo escapar de allí. Cada vez estaba más cerca. El encuentro era inevitable y redujo el paso para intentar calmarse. Tenía 20 metros hasta llegar a la puerta del Embarcadero. Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Fin. Cogió aire por la boca. Mucho aire. Luego lo soltó lentamente por la nariz. Repitió el ritual. Agarró el tirador de la puerta y abrió.

    Cuando entró, todo estaba igual. El amplio salón continuaba del mismo color marrón meloso que tenían sus paredes de madera. El suelo de arena. El escenario para la banda. Hasta la barra parecía que no hubiera cambiado, con las mismas luces y botellas de siempre. Y la bandera de Cuba, que continuaba colgada del techo más próximo a la playa. Fue como retroceder 5 años. La única diferencia era que ahora, junto a la bandera de Cuba, colgaba también la bandera de Puerto Rico. Todos le miraban desde sus sillas. Al parecer había llegado el último. Echó un vistazo rápido para ver a quién reconocía. Estaban Carla, Javier y Silvia, sus tres amigos inseparables. Eva, la hija de Susana, que lo miraba con una mezcla de alegría y relajación. Y por supuesto, estaban Pedro, Marc, Raúl, Jean, Cristian, Juio, Adrià, Aleix y Óliver. El resto de parejas que había tenido Susana desde que llegó a la ciudad desde su Puerto Rico querido. También estaba un cura que tras unos segundos de toma de contacto comenzó a hablar. Se quedó de pie, al fondo, y con las manos detrás de la espalda.

-        Hermanos y hermanas: nos hemos reunido hoy aquí para despedir a alguien muy especial. Una mujer a la que todos hemos amado, y a la que todos seguiremos amando. Una mujer que ha dejado en cada uno de nosotros, cientos de recuerdos imborrables. Irrepetibles. Una mujer que nos permitió disfrutar de toda su alegría, de toda su amistad y de todo su amor. De toda su grandeza. Una grandeza que todos podían ver, pero que no todos podían ver. Susana Valdez, una mujer que pudiendo tener todo, eligió bien qué quería tener. A vosotros. Una mujer que nos enseñó muchas cosas, pero que no nos enseñó a vivir sin ella. Hoy no te decimos adiós, Susana, te decimos hola de nuevo. Hoy te volvemos a encontrar donde te encontrábamos siempre. En tu casa. En tu embarcadero. En el lugar donde elegiste vivir. Amén.

    Las lágrimas le caían a Leonardo como dos cataratas. Detrás de sus lentes negras, sus ojos estaban rojos, vidriosos. Temblando, mientras seguía recordando todos y cada uno de los momentos que vivió con Susana. Su Susana. El cura bendijo la sala y levantó una urna de mármol blanco al cielo. Bajó de su atril y comenzó a salir hacia la parte exterior del Embarcadero. Todos se levantaron para seguirle. Todos menos Eva, que se quedó de pie y giró la cabeza para buscar a Leonardo, que seguía llorando como si el mundo se hubiera acabado, ahora sí, para siempre. Le llamó, pero no reaccionaba. Se acercó a él y le dio un abrazo. Leonardo no hizo ademán de quitarse, pero tampoco la abrazó. No podía. Eva se soltó y le secó las lágrimas. Le agarró de la mano y fue hacia afuera junto con su amigo. Cuando llegaron, el cura volvió a pronunciar unas pequeñas palabras que todos escucharon como pudieron. Algunos lloraban. Otros se contenían. Pero todos se consolaban entre ellos. El cura le dio a Eva la urna de mármol. Se quedó mirándola por un instante. Las manos le temblaban. No quería despedirse otra vez de su madre. Le dio su último beso y abrió la urna. Alguien alargó un brazo para coger la tapa. Eva respiró profundamente y movió sus brazos arriba y abajo. Las cenizas de Susana invadieron el aire. Quedaron suspendidas durante un instante, echando un último vistazo a su lugar favorito de la ciudad -la playa del Emabrcadero- para acabar pisando su arena una vez más.

    Una vez dentro, Carla fue directa a la barra y comenzó a servirse un Whisky. Sus dos amigos la siguieron. Poco a poco, cada uno fue a servirse algo y a reunirse con los suyos. Leonardo agarró una botella de Tequila. Le dio un trago mientras decidía si ir con su amiga, o con los chicos. Dio otro y se acercó a Eva en silencio. Cuando todos tuvieron algo entre las manos, Eva levantó su vaso al cielo y pronunció un te quiero Susana que todos hicieron suyo. Brindaron por ella una última vez. Leonardo bebió hasta que sus pulmones no dieron más. Respiró y miró a Eva. Todavía tenía las gafas puestas, pero se notaba que tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Le dio un beso en la frente, dejó su aliento en el aire y se acercó al grupo donde estaban el resto de los chicos. Estaban abatidos. Ellos también habían perdido a alguien muy especial. Alguien que no iba a volver, pero que se quedaría con ellos para siempre. Era curioso. Susana nunca había querido casarse, pero todos se habían casado con ella. Leonardo levantó la botella al cielo, y sin decir una palabra, bebió un último trago. La clavó en la arena y salió.

    Fuera, en el mismo lugar donde habían caído las cenizas de Susana, Leonardo se arrodilló para despedirse una última vez. Para decirle que la quería y que nunca dejaría de hacerlo. Para darle las gracias. Y para darle un último beso. Por fin estaban juntos, pensó. Juntos para siempre. Una lágrima resbaló de su mejilla y cayó en la arena. Puso su mano sobre ella y sonrió como pudo. Se levantó, cogió aire, y caminó por la playa hasta que el agua del mar se fundió con sus lágrimas.






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