Presunción de inocencia

Jun 21

- 112, ¿Dígame?. -Dijo una voz dulce pero cansada al otro lado de la línea.

- ¡Necesito una ambulancia! -Le contestó una voz de mujer. ¡Rápido! ¡No respira!

- Tranquila señora. Dígame dónde se encuentra. -Respondió nuevamente la mujer

- En la… en la calle Alonso Cano 11, tercero A. ¡Vengan rápido por favor! -Dijo entre

sollozos antes de colgar el teléfono.

Al final había llegado el día. Intentaba auto engañarme diciéndome que no me importaba, que era un día más, pero no era así. Aunque me costara reconocerlo, había llevado la cuenta atrás hasta hoy desde hacía un mes. Hoy era el día. El día más importante de mi vida. La hora de enfrentarme a todos. Mis padres estarían allí, y la familia de Eric también; al completo. Quizás con algún amigo. El resto de personas me son indiferentes. Me había despertado antes de tiempo, y como no nos dejan tener reloj en la celda, no sé qué hora es, pero calculo que estaremos cerca de las 8:00 am. La hora a la que tienen que venir a por mí para que pueda desayunar, asearme y prepararme para salir. Al cabo de un rato esperando escucho que alguien se acerca. Por el ritmo de sus pasos diría que es Suárez, quien cuarenta y tres segundos después se para ante mi puerta, la abre y me dice que espabile. Me levanto, me pone unas esposas y le sigo hasta el comedor. Para ser el día de mi juicio no se han esmerado mucho, la verdad. Se lo digo a la cocinera, que me dice que aquí no hay tratos especiales por ser bonita, y me tengo que desayunar un café con leche que sabe a tierra, una tostada con tomate y aceite, y en plan guay, una magdalena. Maravilloso. De ahí paso por la ducha, que esta vez tengo para mí sola, y en la que me recreo un poco bajo el chorro de agua caliente en los escasos cinco minutos que me dejan. Si el agua supuestamente purifica el cuerpo y el alma, aquí no estamos para eso. Salgo, me seco y me pongo mi atuendo carcelario para la ocasión. Suárez me vuelve a poner las esposas y me lleva a la sala de visitas. Le pregunto qué hora es y me dice que queda una hora para el juicio. Entro en la sala y allí está Carlos, mi abogado. Cincuentón, regordete y con bigote. 179 cm aproximadamente. Nos conocemos hace mucho tiempo. Amigo de amigos. Es mi abogado desde hace más de quince años, aunque nunca lo había necesitado como ahora. Se levanta al verme y me saluda. Entonces empieza a contarme datos de la estrategia que vamos a seguir. Le escucho con atención, pero yo creo firmemente en mí. En mi inocencia. Me pregunta si lo he entendido. Asiento. Me desea suerte y me dice que nos veremos allí directamente. Se levanta, Suárez entra a ponerme otra vez las esposas y salimos, cada uno en una dirección.

    La sala no es que estuviese abarrotada que digamos, pero tenía su público. Como esperaba, estaban mis padres y los de Eric, y algunas personas cercanas a su familia. Solamente reconocí a su amigo del alma, Pere. Después estaba Carlos y el abogado de la familia de Eric, algunos guardias, y los miembros del jurado. Un conjunto de personas que daban pena solo con mirarlas a los ojos. Desconozco a qué se dedicaban cada una de ellas, pero su cara lo decía todo. Cuando entré a la sala se hizo el silencio. He de reconocer que me gustó. Fue un subidón ver cómo me miraban todos callados, como si fuera una asesina en serie que hubiera matado a veintidós personas y violado a algunas de ellas. O como si hubiera puesto una bomba en un supermercado. Me sentí importante; prota de película americana. Y claro, me metí en el papel, y de camino desde la entrada por la que accedí a la sala fui mirando con la cara más larga que tengo, a todos los que me devolvían la mirada. A los padres de Eric, a Pere, a un par de guardias, al abogado de la familia de Eric. A todos menos a mi madre. Mi madre lloraba agazapada en el hombro de mi padre, que no lloraba, pero me miraba con la cara más partida que una aceituna. A ella no pude mirarla, pero a mi padre sí. Y lo hice con la misma cara larga. No podía flaquear en mi personaje. Era la mala, y así llegué hasta mi mesa escoltada por un policía alto, de unos ciento ochenta y cuatro cm, rubio, no muy guapo y que tenía una espalda de nadador bastante atractiva. Me senté en la silla y crucé las piernas. Dos minutos después empezó todo.

    La primera parte fue para poner en situación a todos los presentes sobre por qué estábamos allí. El asesinato de Eric Silvela Schmidt a manos de Marta Lis Moreno. Aunque mi cara no lo reflejó, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Ahora la palabra asesinato era más dura que cuando vinieron a por mí los policías. También que en las múltiples charlas con Carlos. En aquella sala del juzgado, vestida de presidiaria, y frente a la jueza, la palabra asesinato era una palabra que te mataba por dentro. A pesar de todo, mantuve mi postura más allá de los nervios y de la mirada que me echó la jueza mientras decía cosas que no estaba escuchando. Entonces dio paso a Carlos, quien comenzó el alegato de defensa tal y como me había dicho en la cárcel un rato antes y que se basaba en que yo no había acabado con la vida de Eric intencionadamente aquel día. Que fue un acto circunstancial del momento y que no fue premeditado. También alegó otras cuestiones que no recuerdo debido a que no estaba prestando atención porque seguía dándole vueltas a la palabra asesinato. Seguía repiqueteando en lo más profundo de mi cabeza, martilleándome como no lo había hecho durante todos los días que pasé en la cárcel, hasta que un buen rato después escuché cómo Carlos decía Por todo eso, mi defendida -yo- Marta Lis Moreno es inocente del cargo de asesinato que se le ha impuesto. Lo dijo mirando al jurado, aguantándoles la mirada al igual que ocurre en las películas americanas. Esto me hizo volver a mi papel, volver a meterme en el juego del juicio. Volver a ser Marta la asesina, la Marta a la que no quieren mirar a los ojos aunque yo no hubiera matado a Eric. Carlos se giró para mirar a la jueza y le dijo que no tenía nada más que añadir. Se dio la vuelta y vino con el paso firme hasta nuestro puesto. Se sentó, miró al abogado de la familia de Eric y se puso a ojear unos papeles que tenía sobre la mesa. Entonces la jueza nombró al abogado de la familia de Eric y le pidió que comenzara su exposición. Asintió y se levantó.

    Mientras veía cómo se dirigía a la zona donde hacía dos minutos había estado Carlos, los nervios comenzaron a invadirme con más fuerza que una incursión de Julio César en terreno galo. Carlos me hablaba, pero yo no estaba allí en ese momento. Mi cuerpo seguía al lado suyo, pero mi mente se había largado. Había huido. Me había dejado sola e indefensa. Nerviosa y asustada como una mosca atrapada en una telaraña que ve cómo su presa se acerca lentamente. Carlos me preguntó si le estaba escuchando. Me lo volvió a preguntar porque obviamente yo no estaba allí, estaba huyendo, y me zarandeó la pierna. Volví. Le miré a los ojos y le pregunté qué me había dicho. Cerró los ojos y comenzó a explicarme de nuevo qué tenía que decir cuando saliera al estrado. Asentí sin escucharle. Había vuelto a irme. Estaba nerviosa, no quería salir. No quería tener que contar cómo había muerto Eric. No iba a poder, y menos con esos nervios corroyendo cada parte de mi cuerpo. Comencé a acalorarme. A sudar. Me faltaba el aire. Necesitaba salir de ahí. Ganar tiempo. Relajarme. Le dije que necesitaba ir al baño. Fue lo primero que se me ocurrió, pero a veces lo primero que se te ocurre es lo más efectivo. Sí, tenía que ir al baño. No sabía a qué, pero ya pensaría allí cómo tranquilizarme. Ojalá pudiera fumarme un cigarrillo, pensé. O darle un par de caladas a un verde tumbada en el sofá de mi casa. O tomarme uno de los diazepam que compré en la deep web antes de que todo esto pasara y no levantarme en un día de la cama. Quedarme muerta sobre el colchón. Levantarme muerta y tambalearme hasta el sofá. Ojalá pudiera hacer una de esas cosas ahora mismo en el baño. Pero no podía y tomé el mejor camino: Me cago Carlos, le dije mirándole a los ojos. Me cago encima. Y era verdad, me estaba cagando encima del miedo que tenía de salir al estrado. Se levantó, pidió disculpas por interrumpir a su igual, y mirando a la jueza, le pidió que me dejara salir al baño; que necesitaba hacer de vientre. Que no me aguantaba. La jueza me miró y puso una cara que no supe interpretar. Me dijo que tenía diez minutos y pidió a un policía que viniera a por mí. Me puso las esposas y me escoltó hasta el baño que había al final del pasillo. Diez minutos, me recordó mientras me quitaba las esposas. Estaré aquí fuera y entraré si no sales en diez minutos. Asentí con la cabeza y me metí directa en el último retrete que había. Quería estar lo más lejos posible de la puerta. Cerré el pestillo y me senté en el water sin levantar la tapa. Los pies sobre esta y mis manos abrazándome las rodillas. Ya casi había consumido un minuto y todavía estaba pensando en cómo iba a afrontar lo que se me venía encima. El tiempo pasaba y los nervios seguían ahí. Cerré los ojos en un intento de encontrar en mi yo más interno algo que supiera que me fuera a relajar como respiraciones profundas, meditación, dejar la mente en blanco, visualizarme saliendo victoriosa del juicio… pero eran chorradas, eso no iba a servirme de nada. Pero entonces lo ví; lo vi claro. Di con eso a lo que siempre recurría cuando quería desconectar del mundo como ahora. Sabía que no tenía mucho tiempo, pero tenía que intentarlo. No podía volver a la sala como me fui. No podía darle el gusto al abogado de la familia de Eric de verme echa un manojo de nervios. De darle la posibilidad de dejarme echa trizas en el estrado. No, no podía.

    Con los ojos cerrados pensé en Eric. En sus ojos marrones como la Kaoba. En su sonrisa, y su incisivo torcido. En su pelo liso negro, que le colgaba hasta los hombros. En los lunares de su oreja. Pensé en sus labios, y en cómo me besaban. En cómo se amoldaban a los míos. Pensé en la tarde que vino a mi casa. La última tarde. En cómo entró como si fuera su casa, dejando lo que había traído en el mueble de la entrada y quitándose la camiseta. Dejando sus pechos turgentes al aire y sus fuertes brazos al descubierto. Pensé en cómo me acerqué a él y en cómo me tiró sobre el sofá, dejándose caer encima de mí. En cómo me besó el cuello, la oreja y la boca. En cómo me quitó la camiseta y agarró mis tetas. No tenía sujetador, sabía que le gustaba verme así. Las besó, era muy cariñoso. Las mordió y las manoseó. Me levantó la tela de la falda y se escondió entre mis piernas. Me besó de nuevo. Con cariño primero; con deseo después. Recordé cómo pasaba su lengua por mi vagina, mezclando su saliva con mi flujo. Estaba muy caliente ese día. El siguió comiéndome el coño tranquilamente. Le gustaba hacerlo así, y a mí me encantaba. Ese día decidió que sus dedos también entraran al juego y me metió uno detrás de otro. Tres dedos que entraban y salían de mi coño mientras él seguía lamiendo mi clítoris. Yo cada vez iba a más. Ya no podía controlar mis gemidos ni mis contracciones. No recuerdo si le dije que me iba a correr o no, pero sí que sacó sus dedos y abarcó mi vagina con toda su boca, restregando su lengua de arriba a abajo. Entonces lo sentí. Un torrente de placer único queriendo salir de mi cuerpo. Me retorcí en el sofá, hundí los hombros en él. Levanté la cadera y agarré a Eric del pelo. Lo atraje hacia mí para que sintiera lo que había provocado y para que siguiera provocándolo. Su lengua no paraba de rozarme, al igual que sus labios, y yo no paraba de correrme. Estaba a mil y seguí manteniéndolo contra mi vagina. No podía controlar mi cuerpo, pero por nada del mundo quería que Eric parara. Estaba siendo un orgasmo de los buenos, de los que dejan huella, de los que alardeas con tus amigos para sentirte un fuckboy, y de los que no se creen tus amigas. Seguí corriéndome con Eric entre mis piernas, teniendo pequeñas convulsiones, y con estás alrededor de él. Fue una sensación increíble.

    Estaba mojada, no tanto como aquella tarde, pero el recuerdo de Eric todavía me ponía muchísimo. Saqué los dedos de entre mis piernas, los chupé y me cerré el traje. Salí a lavarme las manos y me miré al espejo. Era otra. Hasta le sonreí a mi reflejo. Al salir, el policía me miró con cara rara y a día de hoy sigo sin saber si fue porque me escuchó -algo que desconozco porque no recuerdo si hice o no ruido- o porque ya estaba cansado de esperarme. Me puso las esposas y volvimos a la sala.

    Como la primera vez, al entrar, todos me clavaron la mirada. Se la devolví sonriendo y me dirigí hasta mi sitio. La jueza retomó el juicio por donde lo habíamos dejado y el abogado de la familia de Eric volvió a salir a exponer sus argumentos. Carlos volvió a intentar contarme qué tenía que decir en el estrado, pero ya lo sabía. Además, me sentía con fuerza para enfrentarme a ese abogaducho de tres al cuarto. Era algo más bajo que yo y estaba bastante flaco -tanto que hacía que el traje creara el efecto óptico de que le colgaba directamente sobre los hombros-  y llevaba la cara totalmente afeitada, rejuveneciendo su rostro y haciéndole parecer un adolescente. Por no olvidar que arrastraba las erres. Entonces me llamó; Llamo a declagar a la señoguita Magta Lis Mogueno. Me levanté y me dirigí al estrado con convicción. Me senté y le miré con el rostro más calmado que tenía. Comenzó poniendo en situación a todos. Expuso su punto de vista en ciertos aspectos, se dirigió a lo miembros del jurado y hablaba para toda la sala de cosas que desconocía, pero que le ayudaban a crear una imagen de mí. Estuvo un rato más hablando y preguntándome cosas cómo qué era Eric para mí, cómo nos habíamos conocido o qué tipo de relación teníamos. Le contesté con la mayor tranquilidad posible y con total sinceridad. No tenía nada que ocultar. Le dije que era un amigo con algún derecho más, pero sin llegar a ser una pareja. Que nos conocimos a través de una aplicación y que básicamente quedábamos cuando nos apetecía vernos. Ni más ni menos. Lanzó algunos comentarios al aire, habló de algunas cosas más él solo, y sin verlo venir, la pregunta llegó tan directa como el gancho de un peso pesado. Señoguita Magta, ¿podguía contagnos qué ocuguió la tarde que muguió Eguic?. Me descolocó totalmente. No me la esperaba. A pesar de haber superado los nervios, de haberme relajado en el baño y de entrar con la confianza de quien se va a comer el mundo a la sala, la pregunta me dejó el culo roto. Estuve callada durante un minuto o minuto y medio. El abogado me miraba, Carlos me miraba, el jurado, mis padres, toda la sala me miraba. Yo miraba al frente, a ninguna parte. Respiré, y comencé. Aquella tarde había quedado con Eric en que viniera a mi casa a media tarde. Cuando llegó, entró en mi casa como si fuera la suya, dejando lo que había traído en el mueble de la entrada y quitándose la camiseta, dejando sus pechos turgentes al aire y sus fuertes brazos al descubierto. Me acerqué a él, me agarró, y me tiró sobre el sofá dejándose caer encima de mí. Entonces me besó el cuello, la oreja y la boca. Seguí contándoles todo lo que ocurrió aquella tarde tal y como lo había recordado instantes antes en el baño. Se lo conté todo, sin omitir nada. Con detalles, centrándome en cómo me hizo sentir y en cómo lo estaba disfrutando. Me sentía cómoda. Pensaba que contarlo delante de toda esa gente me iba a hacer sentir mal, pero todo lo contrario, ver sus caras me daba más energía. Era como gasolina. Y entonces, seguí corriéndome con Eric entre mis piernas, con pequeñas convulsiones, y con estas alrededor de su cuello. Y me morí. Caí desplomada en el sofá, exhausta. Y me dormí. Cuando desperté, Eric estaba en el suelo. Pensé que también se había dormido después de semejante momento y le hablé para decirle cuánto me había gustado. No me contestó. Me levanté como pude mientras le hablaba, pero tampoco hubo respuesta. Me acerqué a él y estaba duro y algo frío. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y le puse dos dedos en el cuello. No tenía pulso. Le hice el boca a boca, pero no ocurrió nada. No sabía cuánto tiempo me había dormido, pero pensaba que poco. Fui corriendo a por mi teléfono móvil y llamé a emergencias. Cuando llegó la ambulancia decretó que Eric estaba muerto hacía cuarenta minutos. También vino la policía y me llevaron a comisaría. Eso es lo que ocurrió aquella tarde.

    Al acabar esa jornada, la jueza decretó una semana para que los abogados hablasen por si querían llegar a un acuerdo, pero yo no quería. Era inocente. No quise matar a Eric, de hecho, no sabía que había ocurrido y no pude saberlo porque me desmayé al terminar de correrme. En fin. A la semana siguiente, y tras no haber acuerdo entre nosotros y la familia de Eric, el jurado de patanes me declaró culpable. Panda de ineptos hijos de puta. Estoy segura de que las mujeres votaron en mi contra por envidia; más que segura porque tenían la cara de quien lleva tiempo sin que la rocen. Pero bueno, eso es historia, la historia de por qué estoy aquí, Rosa. Homicidio involuntario dijeron. 2 años de prisión, y si tengo buena conducta, tras el primero puedo salir fuera. No es mucho, pero me toca la moral. Una ya no puede ni correrse agusto. Ahora solo puedo tocarme con el recuerdo de aquella tarde como hice en el baño. No es lo mismo, pero dependiendo del día, a veces estoy cerca de alcanzar un orgasmo parecido. Lo jodido Rosa, es que por lo general, el momento en el que más cachonda me pongo, es cuando en mi recuerdo miro hacia abajo e intuyo la cabeza de Eric bajo la falda, con mis piernas alrededor de su cuello, y pienso en que va a morirse dentro de poco. Quién sabe, igual hasta lo hice adrede sin ser consciente de ello. Lo cierto es, que para uno bueno que encontré, acabé matándolo. ¿No es paradójico?

    Rosa y Marta se rieron, cogieron sus bandejas, tiraron los restos de comida a la basura y se fueron hablando a la sala donde podían quedarse tras el almuerzo. Le quedaban 345 días para salir si tenía buena conducta. 345 días para empezar a buscar un nuevo Eric.








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