Pido perdón por el bebé

Apr 21

El apartamento de Sara y Carmen era lo que comúnmente se conoce como acogedor. Tenía 75 m2 -de los cuales 15m2 eran de terraza- repartidos en un salón-cocina, la habitación de Sara y Carmen, otra habitación que hacía la función de vestidor, un baño y un diminuto aseo para salir del paso. Era pequeño, pero en esos 60 m2 vivían y disfrutaban de todas las comodidades de una casa. O al menos, de todas las comodidades que podían vivir siempre y cuando, el trabajo se lo permitiera. Y lo mismo ocurría con el apartamento que tenían en Nueva York -67 m2- el estudio de Los Ángeles -70 m2- y el pequeño dúplex de Miami -81 m2-. Pero sin duda, el de Barcelona, era su favorito.

Sara y Carmen habían nacido en pueblos pequeños, monótonos y sin mucha vida. Pueblos donde se veía la capital de España como una super ciudad, y donde la gran mayoría de los habitantes no había ido en la vida. Pueblos como Torazu, Robledillo de Gata o Grazalema. O como aquellos pueblos pequeños de Estados Unidos donde todos se conocen, pero nadie es amigo de nadie. Pueblos donde Sara y Carmen no eran felices y que aborrecieron hasta el día en que se fueron de allí. Porque los pueblos son muy bonitos cuando creces, cuando echas de menos su tranquilidad y lo apartados que están aparentemente de todo, cuando la ciudad te mata y te ahoga, pero cuando eres un crío, y más cuando eres un adolescente, te mata. Primero te mata el pueblo, luego te mata la ciudad. Quizá por eso, Sara y Carmen se mudaron a Madrid con 18 años con la idea de escapar de sus pueblos y sus ataduras, de su gente y de sus cosas, y con el sueño de recorrer mundo.

A pesar de vivir en la misma ciudad, y de frecuentar ámbitos comunes -la primera ingresó en la Escuela de Pilotos más importante de la ciudad, y la segunda en una Escuela de Azafatas- Sara y Carmen no se conocieron hasta pasados doce años, y donde cada una vivió una vida totalmente distinta. Mientras que Sara se dedicaba a estudiar, hacer prácticas de vuelo y descubrir el amor, tres actividades que ocupaban el cien por cien de su tiempo, Carmen le dedicaba el tiempo necesario al curso de azafata y se interesó más en explorar la ciudad y su sexualidad. Durante esos doce años, Sara y Carmen no se cruzaron ni una sola vez en la calle, en un bar o en una discoteca. Tampoco en una exposición o en el teatro. Sara y Carmen eran muy diferentes la una de la otra a pesar de tener el mismo sueño de la infancia y de haberse mudado a la misma ciudad para cumplirlo. Y no fue hasta pasados esos doce años, cuando Sara y Carmen se conocieron. Por aquel entonces Sara comenzaba a ser una piloto experimentada mientras que Carmen contaba con un buen puesto dentro de una de las mejores compañías aéreas del mundo tras llevar más de diez años surcando los cielos. Carmen, que ya había recorrido Europa miles de veces y que también había realizado vuelos a China y Japón, había pedido unos meses atrás un cambio en sus vuelos, y el destino quiso que la susodicha compañía -que no vamos a mencionar- contratara a Sara unos meses más tarde para suplir la baja de uno de sus pilotos en los trayectos entre Barcelona y los Estados Unidos. Así fue como un día cualquiera, de un mes cualquiera, Sara y Carmen coincidieron por primera vez en un aeropuerto.

El encuentro en sí no fue nada espectacular, sino más bien rutinario, pero fue el punto de partida de una amistad en la que experimentaron todas las fases de una relación. Conocerse -en el aspecto más básico de la palabra- la atracción física, la amistad, la atracción emocional, el enamoramiento, el conocimiento -en el aspecto más profundo de la palabra- los celos, las peleas, la reconciliación, la convivencia, la decepción, la maduración, la estabilidad y la adaptación. Fases que a lo largo de siete años acompañaron a Sara y Carmen cada día de su vida poniendo a prueba -y de manifiesto- que aquello era algo más que una simple amistad. Que el azar había tenido a bien unir sus caminos en ese momento de su vida en el que cada una no esperaba nada, pero en el que lo dieron todo a pesar de ser conscientes de que estaban bien solas, de que no necesitaban a nadie y donde ni siquiera la buscaban -o incluso lo evitaban- pero que cuando apareció en su vida no pudieron vivir sin ella. Quizás por esa razón, y por la sensación de poseer una relación de amor y de amistad que se había forjado entre las dos a lo largo de los años, y donde habían superado los malentendidos, las peleas, las decepciones, donde resistieron a pequeñas rupturas esporádicas -tontas e infantiles- donde probaron, disfrutaron y apartaron de su vida distintas prácticas sexuales abiertas, los celos y las sospechas, donde habían confiado la una en la otra y donde habían proyectado todo lo que estaba por venir juntas; quizás por todo lo que habían sufrido y por todo lo que habían disfrutado durante el camino que comenzaron a recorrer un día cualquiera en un aeropuerto hace más de siete años, Carmen no estaba preparada para descubrir una mañana cualquiera -igual de cualquiera que la mañana en la que se conocieron ella y Sara- un slip de hombre entre la ropa sucia de su pareja.

Un slip de hombre puede no significar nada, o puede significarlo todo. Pero tal y como somos los seres humanos, y gracias al aprendizaje evolutivo que tenemos -debido al instinto de supervivencia- siempre tendemos a pensar lo peor. Y lo peor no era que fuera o no de un hombre. Lo peor era que no le sonaba que fuera de Sara. Y si no era de Sara, y era un hombre, no podía ser otra cosa que un amante. ¿Un amante esporádico, o uno habitual? ¿Le estaba engañando Sara con un hombre? ¿Y por qué con un hombre? ¿Sería el único o habría más de uno? ¿Le engañaría también con una mujer? ¿O con varias? ¿Y desde cuándo la engañaba? ¿Y por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso ya no le resultaba atractiva? ¿Habría perdido Sara el deseo sexual hacia ella? ¿Estaría aburrida? ¿Por qué no se había dado cuenta de que algo fallaba? ¿Acaso no eran felices? Y lo más importante, ¿habría dejado de quererla?

Todas estas preguntas eran preguntas sin respuesta, y la cabeza de Carmen era una fábrica de plantear preguntas sin respuestas y de imaginar escenarios donde Sara le era infiel. Y cuando conseguía huir de esa espiral tóxica que no le servía de nada, entonces vuelta a empezar. No era una situación fácil de controlar y los fantasmas del pasado volvieron a hacer acto de presencia. Aquella chica que coqueteó con Sara una vez en un bar, aquel intercambio de pareja, la pequeña orgía en casa de un amigo común donde Sara se entretuvo con un par de chicos a la vez dejando a Carmen fuera,  o la amistad que tenía con su compañero de vuelo. El descubrimiento del slip dio paso a estos fantasmas que trajeron consigo un huracán de inseguridades que Carmen había dejado atrás, y que desestabilizaron los cimientos de su fortaleza y amor propio. Paseaba por la pequeña casa. Se tumbaba en la cama. Se levantaba a los cinco minutos y salía a la terraza. Se fumaba un cigarrillo. Volvía dentro. Se fumaba otro. Volvía a pasear. Se servía vino. Lloraba y se servía un poco más. Así hasta que fundió a negro, y cuando despertó al día siguiente se encontraba tan mal, y el olor que había en la casa era tan intenso, que tuvo que hacer grandes esfuerzos por no vomitarse encima. Abrió la ventana de la terraza y dejó que el aire se mezclara con las finas brumas que quedaban de la noche anterior. No recordaba nada más allá de haber estado vomitando la noche anterior, pero por cómo se sentía, las botellas de alcohol y los paquetes de tabaco, se podía hacer una idea. Se tambaleó camino a la mesa y se dejó caer sobre el sofá. Tumbada y sin poder moverse, se quedó mirando los restos de la noche. Estos le devolvieron la mirada y le golpearon para arrancar una nueva arcada desde lo más profundo de su cuerpo, pero fue incapaz de expulsar algo que no fuera una mezcla de vergüenza y pena. Estaba cansada. Había dormido, pero su cuerpo no era capaz de hacer nada que no fuera protestar por haberlo maltratado durante horas. Cerró los ojos, tal vez intentando no pensar en nada, o pensando en lo que había hecho anoche, en lo que había encontrado y en lo que había estado imaginando. Intentando borrar de su mente la imagen de Sara con un hombre, o con todos, escapando de la idea de que ya nada iba a ser igual. Se agotó de pensar y de borrar todos esos pensamientos. Y soñó con caras de hombres, con cuerpos de hombres, con miradas y bocas de hombres, con manos y penes de hombres, y con hombres que miraban y se acercaban, y besaban y tocaban, y penetraban a Sara. Y le gustaba. A ella le gustaba que lo hicieran. Y los buscaba. Y se ofrecía, y se los follaba ella también. Y mientras, ella miraba desde lo alto de un púlpito, o un palco, pero sin poder bajar hasta donde estaba esa jauría de hombres que acorralaban a Sara. Sin poder acercarse ni un milímetro a esa sala vacía, pero llena de sentimientos. Y de ganas. Y de lujuria. Y de sexo. Llena de hombres. Llena de más hombres todavía. Y llena de desesperación. Su desesperación por ver cómo la despojaban de lo único que tenía. Y llena también de su impotencia. Llena de su tristeza, y hasta llena de su decepción por ver cómo se rompía algo que para ella era tan, pero tan bonito, pero que al parecer no tenía ninguna importancia, ni ningún valor, para quien ella consideraba su otra mitad. Una sala llena del miedo que siempre había vivido con ella desde que conoció a Sara. El miedo a no ser suficiente, a que necesitara más de lo que ella le podía ofrecer. El miedo de descubrir que estaba con otra. O con otro. O con ambos a la vez. Esa sala estaba llena de muchos fantasmas, y de muchos hombres. Y también de fluidos. Y de voces, quejidos y gritos. Y entre tantos gritos, los hombres se evaporaron, y sus fluidos entonces fueron agua. Y el agua llenó la sala por completo, y las cubrió a ella y a Sara. Y hubo más gritos, y más agua. Hasta que ya no hubo nada y solo quedó un grito ahogado en su pecho, y los ojos llenos de lágrimas.

Se encendió otro cigarrillo y salió a la terraza. Cada calada era como un puñetazo en los pulmones y el estómago, pero ya no le dolía. Mientras fumaba, con las migajas del sol resecando los surcos secos de lágrimas que recorrían sus mejillas, miró hacia abajo. Hacia la calle. Estaba desierta, y su cerebro le dijo que por qué no se tiraba. La retó. Y fantaseó. Fantaseó con la idea de saltar, con la idea de sentir el viento en la cara y de notar cómo los mofletes se le movían sin poder controlarlos, con el momento de indecisión antes de dar el paso, y con el segundo antes de notar el contacto contra el suelo y sentir el impacto y la fuerza de la gravedad reventando cada músculo, cada hueso y órgano de su cuerpo. Fantaseó con qué imágenes pasarían por delante de sus ojos mientras caía, mientras recorría los cien o cientocincuenta metros que separaban su balcón del suelo. Saldrían sus padres y su abuela. El perro que le compraron cuando tenía once años. Su llegada a Madrid, su primer piso, sus primeras compañeras, la escuela de azafatas y alguna fiesta. Lola, Jessica, Manu y Sandra. El viaje a Laos. Su primera novia. Y la muerte de su madre. Las montañas de su pueblo. Y la nieve. Saldría esa casa, y la de Nueva York, y la de Los Ángeles, y la de Miami. Saldría Sara. Y con ella todos los hombres. ¿Vería todo eso mientras caía sobre el asfalto? ¿O no vería nada? ¿Cuál sería la última imagen que se quedaría en sus pupilas antes de estallar y desparramarse sobre el pavimento? Apuró el cigarrillo y lo tiró por el balcón. Se quedó mirando cómo caía. Ella no caería tan lento, su agonía sería más rápida al fin. Su fin. Se agarró a la barandilla, y se giró para echar un vistazo a la que hasta ayer era su casa.

Por la mañana, el aeropuerto era un caos. Gente para arriba, gente para abajo, y si pudiesen haber ido en diagonal, también habría habido gente en diagonal por todo el aeropuerto. Era la segunda quincena de julio y la mitad del país se estaba yendo de vacaciones, mientras que la otra mitad volvía de algún lado sin contar a los extranjeros que venían de visita. Berlín, París, Roma, Tokio, Beijing, Bangkok, Riviera Maya, Santo Domingo, Cape Town, Buenos Aires, Los Ángeles o San José. Nueva York era otro de los destinos estrella, y ese era el vuelo de Sara y Carmen. Mientras los operarios estaban terminando de poner el avión a punto, Sara y su compañero de vuelo revisaban que todo funcionara de la manera correcta, y Carmen y su equipo dejaban la cabina perfecta antes de dar la entrada a los pasajeros, fuera, en el espacio destinado para esperar el embarque, el ambiente estaba tenso. Llevaban veinticinco minutos de retraso y la gente estaba ya más impaciente que un borracho delante de un McDonald’s esperando su hamburguesa a las seis de la mañana. Estaban los que protestaban, los que se tiraban por el suelo y los que se distraían jugando a piedra-papel-tijera. Diez minutos más tarde, las caras largas que miraban cómo pasaba el tiempo, ahora miraban la sonrisa de Carmen en la puerta del avión pidiéndoles disculpas y dándoles los buenos días. 24A, pasillo de la derecha a mitad, para la mujer rubia, 24B para su marido asiático, 17C para el ejecutivo, 18F para una señora mayor, 35G y 35H para las dos amigas, 19D,19E y 19F para el matimonio y su hijo, 25B y 25C para la pareja que iba conjuntada, 30ABC y 30D para un matrimonio judío y sus dos hijas, 29F y 29G para un hombre con sobrepeso, 12D, 12E y 12F para tres hermanos pequeños, 27A para un anciano estadounidense que seguramente haya ido a ver a un familiar y vuelva a casa, 12B y 12C para los padres de los tres hermanos de antes, 28D y 28E para otra pareja… y de repente, todos los asientos tenían a su ocupante sobre él y los porta equipajes estaban llenos y bien cerrados. Tras el pertinente y más que reconocible ritual donde los tripulantes de cabina explican todas las normas del vuelo, así como las normas de evacuación en caso de emergencia, Carmen comunicó por megafonía que el vuelo estaba a punto de despegar y que no dudaran en contactar con el personal de vuelo si necesitaran algo. Tras ella, Sara informó a los pasajeros de que el vuelo AP077 entre Barcelona y Nueva York tendría un tiempo estimado de ocho horas y media, y que el clima era favorable, con cielo despejado y sin contratiempos previstos. Deseó un feliz vuelo a todos los pasajeros y les dio las gracias por confiar en la aerolínea a la que no vamos a hacer publicidad gratuitamente. Encendió motores, la señal de cinturones se encendió, el padre de la familia judía miró al hipotético cielo y el resto es historia.

La historia del vuelo AP077. Porque aquel 16 de julio, el vuelo AP077 -de la compañía que no vamos a mencionar- entre Barcelona y Nueva York, se estrelló en mitad del Océano Atlántico tras cuatro horas y pico de vuelo, convirtiendo un Boeing 767, en una trampa mortal, y el océano en un cementerio. Y porque lo que debería de haber sido un vuelo más de las decenas de vuelos que se hacían diariamente entre esos dos destinos, acabó dando muerte a los trescientos un pasajeros del vuelo AP077, y a los seis tripulantes de la aerolínea que no vamos a mencionar -ahora por respeto-. Trescientas seis adultos y un bebé que no sabían que ese iba a ser su último día en la tierra, y el primero en el mar. Una tragedia, un brutal accidente, una catástrofe hasta ahora nunca vista, un siniestro y una desgracia, todo eso dijeron en las noticias cuando se referían al vuelo AP077. Y fue una tragedia, y una catástrofe y una desgracia. Pero no fue un accidente, y mucho menos un siniestro. Fue mala suerte, al menos para los trescientos un pasajeros y los tres compañeros de tripulación de Sara y Carmen. Y es que la historia del vuelo AP077 fue un accidente los primeros días, cuando nadie sabía qué había pasado para que un avión como ese descendiera de repente de los cielos y desapareciera bajo el azul impasible del mar. Y pasó a ser un homicidio, un asesinato o un crimen cuando los equipos de rescate se sumergieron en las aguas del oceáno para buscar los cuerpos hundidos de los muertos, y entraron en la cabina del piloto y vieron a César, el ayudante de Sara, con varios agujeros en el cuello y desangrado, y a Sara, con la cabeza desfigurada de los golpes que le propinaron contra la cabina de mandos.

El caso del vuelo AP077. Así es como se le conoce a partir de este último, misterioso y atroz descubrimiento que aún sigue despertando miles de sospechas en la red a día de hoy, pero sin duda, lo más intrigante de todo el caso, es por qué se encontró un slip de hombre flotando sobre los cuerpos de los pilotos, a ocho mil cuatrocientos metros de profundidad.








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