Hoy es el día

Sep 21

Hoy he decidido matar, arrebatar una vida, calmar el sufrimiento de un alma en pena y concederle el descanso eterno, en fin, convertirme en asesino, porque hoy, voy a hacerlo, por fin voy a hacerlo ¿sabéis?, lo que llevo tanto tiempo madurando en mi cabeza y en mis adentros, dándole vueltas una y otra vez, debatiendo internamente si era una buena idea, o si por el contrario, no lo era; pero sí, lo es, es una buena idea, la idea que lleva tanto tiempo rondándome la cabeza rumiando mis pensamientos la voy a materializar, hoy por fin la voy a materializar, porque si de algo estoy seguro, es de que esto es una buena idea y de que no es algo que haya surgido de ayer para hoy; no, esto es algo que lleva conmigo mucho tiempo, quizá desde niño, y si no me creéis, por qué cuando buscaba las hormigas en el patio de casa, las iba aplastando una a una, ¿eh?, o por qué cuando veía una mosca no la mataba directamente si no que la aprisionaba y le arrancaba las alas poco a poco y las dejaba moviéndose en el suelo, extasiadas de adrenalina, con las pulsaciones martillando su diminuto corazón y dando vueltas por el movimiento de sus pequeñas patitas intentando despegar, pero inútiles ante la falta de sus dos pequeñas y potentes alas, para que tras pasado un rato viendo su inútil esfuerzo de escapar de esa trampa mortal, yo, tranquilo y concienciado, les fuera arrancando las patas una a una con unas pinzas de depilar para volver a dejarlas en el suelo viendo su ineficaz intento de fuga, ¿eh? Por qué si no iba a hacer yo todo eso con tan solo seis años de edad si no tenía dentro de mí y de mi pequeño cerebro la idea de que arrebatar una vida es algo único, mágico y especial, ¿eh? Y sé que alguno podría decirme que esto no es algo que me haya acompañado desde pequeño y que todos le hemos hecho eso alguna vez a algunas hormigas o a una mosca -o varias- por mero aburrimiento o por el simple hecho de ser niños, niños sin conocimiento de lo que es una vida y de la importancia que tiene, pero no, no estoy de acuerdo, y no lo estoy porque yo era perfectamente consciente de lo que estaba haciendo, yo sabía que la hormiga iba a encontrar el fin de sus días de una manera rápida y aplastante, pero que la mosca iba a tener un largo camino por delante hasta que su corazón dejara de latir, y era perfectamente consciente de que la mosca a la que yo, concienzudamente había ido mutilando, estaba sufriendo, presa del pánico, del dolor y de la angustia de saber que por mucho que lo intentara, no iba a poder escapar de mí y de los planes que tenía pensados para ella.

Mi madre solía contar a sus amigas que estando yo en la primera etapa de mi crecimiento, inconsciente e inocente en su vientre, ya por aquel entonces le propinaba unas patadas que habrían hecho las delicias de algún que otro ojeador de fútbol o maestro de artes marciales. Tales eran las patadas que le propinaba, que mi madre tenía que dejar lo que estuviera haciendo en ese momento y sentarse, o si por alguna casualidad andaba ocioso, acostarse para recibir la sucesión de puntapiés que iba a recibir. Pero incluso antes de que yo me desarrollara lo suficiente como para que mis patitas me permitieran poder golpearla desde lo más profundo de su ser, ya por aquel entonces en el que solo era un pequeño renacuajo, debido al embarazo, mi madre comenzó a sufrir de distintos dolores que aquejaron a su salud como náuseas y vómitos constantes, migrañas, calambres en las piernas o falta de circulación, así como una extrema sensibilidad en los dientes. Por lo que me decía mi hermano, la pobre mujer lo pasó fatal, realmente mal, llegando incluso a maldecir al cabrón de Sebastián -yo- por ser semejante hijo de puta; y esto, que siempre me ha parecido bastante curioso, es un dato muy significativo para hacerse una idea de cómo soy, porque imagínense cómo debería de sentirse, para que mi pobre madre, tan dulce y delicada, tan cursi y ñoña como es, con tal de insultarme y maldecirme por el dolor que le estaba causando, decidiera insultarse a ella misma con el único objetivo de lanzarme improperios y poner de manifiesto que ya desde bien chiquito, tan chiquito que ni prácticamente existía, ya era un cabronazo mala persona.

Razón no le faltaba, era un cabrón -y lo sigo siendo- de los que hacía tiempo que no veían en mi familia, ni siquiera en mi barrio. Mucho más malo que mi hermano, que mi padre o que mi abuelo. Bueno, qué digo malo, malísimo. Y por supuesto, muchísisisimo más malo que mi otro hermano, el hermano que nunca tuve porque, como me gusta decir a mí siempre, me lo comí estando en el vientre de mi madre para no tener que compartir el pequeño espacio en el que estábamos.

Sebastián 1, Vida 0.

Pero aunque acabara con la vida de ese hermano mío, eso no cuenta como matar a alguien ni como asesinato porque en ese momento no tenemos conciencia de quiénes somos ni de qué hacemos, por lo que a mi juicio, es una muerte totalmente inválida, y a día de hoy, sigo sin ser un asesino. Al menos por ahora, porque os recuerdo que hoy es el día. ¿Sabéis? dar el paso es difícil, bueno, más que difícil, complejo. No te levantas un día de la cama y dices Hoy voy a matar al hijo del vecino que siempre deja su bicicleta en mitad de la acera cuando va a entrar a su casa, por mucho que quieras hacerlo, u Hoy me he levantado con ganas de clavarle el boli en el cuello al tontito de Gabriel cuando estemos yendo para clase de ciencias, por mucho que desees hacerlo. No, no funciona así. Aunque en realidad, no tengo ni idea de cómo funciona; solo sé que es algo que te nace de dentro como si alguien hubiese implantado dentro de ti una idea que tienes que dejar salir al mundo y que se expanda, que llegue a otras personas, que la vean y la disfruten como la germinación de una flor. Como algo hermoso dentro de este mundo cada vez más monótono. ¿Me entendéis? En fin, creo que es algo así, al menos en mi caso. Lo sentí como una pequeña semilla que mi padre depositó en mi madre y que fue creciendo poco a poco hasta el día de hoy. El día en el que por fin voy a sacar una vida del mundo.

PUM
Silencio

Lo siento. Se me ha caído la grabadora al suelo. Si pensaron que podría ser un disparo, les pido perdón por la confusión, pero no, todavía no ha llegado el momento.

Como les iba diciendo, ha sido un camino largo desde que mi pobre hermano desapareció de mi lado e implantó en mí, sin saberlo, ese deseo de ver el sufrimiento en la gente y animales que me rodean, de ver cómo se les tuerce el gesto de dolor y le tiemblan los ojos lagrimeando poco a poco hasta el llano, o cómo dan el último coletazo antes de dejar de moverse. Sin duda, para eso, las moscas son el mejor aliado. Con las hormigas, los escarabajos o las lagartijas no es tan divertido. Y con las personas es más complicado. Con las personas tienes que invertir más tiempo en hacerles daño, porque el daño por el daño no es igual de satisfactorio, tiene que ser una relación entre tú y el dolor similar al de la mosca, y claro, eso lo hace más costoso, menos inmediato; pero no imposible. Así fue como hice que Lucas llorara a moco tendido y no viniera a la escuela durante diez días después de estar durante una semana entera susurrándole al oído lo inútil que era y la desgracia que era para el mundo, y sobre todo, para sus padres, que tenían que ver la cara de simple que tenía, con sus pecas esparcidas por toda la cara y su pelo castaño casi pelirrojo, recordándoles todos los días sistemáticamente que habían traído al mundo a una persona que, dando gracias, podía respirar por sí sola de lo tonta que era. No fue un trabajo difícil, pero sí costoso. Lo mejor es que mi castigo solo fue separarme de Lucas y sentarme el resto del curso solo, en un pupitre al final de la clase desde la que podía, sin que los profesores lo supieran, lanzarle bolas de papel húmedas a Juan y Lucía con una cerbatana que había construido con un bolígrafo al que le había quitado la tinta.

Así fueron pasando los años.
Más rápidos de los deseado, pero muy divertidos.
Hasta hoy.

A las moscas, los escarabajos, las lagartijas, los niños y niñas de mi clase, los del campamento de verano, a mis primos, a mis primas, al vecino que siempre dejaba la bici en mitad de la acera cuando iba a entrar a su casa, al perro de la vecina de al lado y a algún gato callejero que estaba por el barrio, a mi hermano que nunca llegó a nacer, a mi otro hermano, y por supuesto, a mis padres por todo lo anterior, a lo largo del paso de los años les fui causando un poco de ese sufrimiento que siempre ha estado conmigo y que he dejado salir de la mejor manera que he sabido para sentirme vivo y cómodo conmigo mismo. Y a decir verdad, nunca me había sentido tan vivo como hoy, sujetando el cuchillo que va a acabar con la vida que dio comienzo a todo esto hace -justamente hoy,- diez años. Gracias a todos por hacerme tan feliz.








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