Cuánto tiempo

May 22

Estaba sentado en la terraza del bar que en los últimos años había frecuentado cada mañana con asiduidad, y casi con una precisión tan milimétrica como la de un relo suizo cuando me percaté de su presencia. Yo había llegado hacía quince o veint minutos después del clásico y común paseo que daba todas las mañanas por la orill de la playa que tengo justo en frente de casa, acompañado de la húmeda brisa marin que llega desde lo más profundo del mar para acariciarte la cara y darte los bueno días con sus suaves pero cortantes manos, y del frío y apelmazante agua que te besa los pies constantemente cada diez segundos como un perrito, feliz porque te has despertado y has ido a verlo. Tenía el cuerpo algo caído sobre la silla, en ese gesto tan común de cansancio en el que parece que te estás escurriendo y que estás siend absorbido por el suelo como si de un monstruo silencioso se tratase; tenía mis gafas de sol graduadas puestas y estaba ojeando la sección deportiva del periódico que Román tenía en su cafetería. El titular principal que abría la sección decía Desafortunada lesión del jovencísimo Ferland. Para mí fue más como que se había lesionado el niñato, como en aquella canción de ese grupo. Llegó Román con mi café solo y un vaso con hielo; una tostada con mantequilla y mermelada como la que disfruto cada mañana desde que me jubilé, y un vaso con agua.

- Mala suerte lo del crío, ¿eh? – Dijo señalando con los ojos al periódico.

- Muy mala. –Le dije. – Por suerte, ya casi no sigo el fútbol. Además, no es de mi
equipo, me duele menos.

Se rio fuertemente con los ojos achinados, entrecerrados. El sol comenzaba a elevarse, y sus rayos empezaban a calentar el ambiente y a rozar a todo aquel que se cruzaba en su camino; los notaba tocándome tímidamente el pelo, a aquellos que conseguían sobrepasar la altura del periódico. Se fue y bajé la mirada nuevamente al diario. Tres partidos jugados el día anterior, algo de baloncesto, una ligera mención al tenis y otra al deporte internacional más relevante. Nada del otro mundo. Cerré el periódico, lo plegué y lo dejé sobre la mesa sin quitar la mirada del pan tostado. No estaba en el punto justo que Román sabe que me gusta -se habría entretenido con algo en la cocina o con algún cliente de la parte de dentro y se le quemó un poco de más- pero estaba bien. La raspé ligeramente, abrí la mantequilla y hundí la punta del cuchillo llevándome casi la totalidad de la porción. Nada más restregarla, comenzó a derretirse y a colarse por los pequeños agujeros resultantes de la fermentación del pan y a filtrarse y empaparse en su miga. La mordí a la vez que cerraba los ojos, como muerdes algo que te gusta tanto que comerías cada día, pero que hace mucho tiempo que no comes. Disfrutando. Y lo disfruté como un niño con un helado en verano. Abrí la mermelada de fresa y repetí el proceso admirando cómo se juntaba la poquísima mantequilla derretida que quedaba en la superficie con el espesor de la mermelada. Le di un trago al vaso de agua y volví a morder con las mismas ganas de antes. Cuando abrí los ojos la vi. Estaba en el paseo de la playa, mirando al mar con una mano apoyada en la barandilla. Me quedé mirándola un momento eterno. Era extraño, pero me recordaba muchísimo a una vieja amiga; pero no podía ser, me dije, no podía ser ella.

El café ya estaba prácticamente frío cuando me decidí a ir buscarla; entonces se giró. Nuestras miradas se encontraron al instante, se reconocieron, se saludaron, se sonrieron. Yo estaba paralizado por la incredulidad de verla ahí tan de repente, pero ella sonreía. La misma sonrisa que tenía la última vez que la vi. Levantó la mano en un saludo inmóvil y vino hacia mí. Mi corazón latía tan rápido que pensaba que se me iba a salir del pecho, mitad muerto de miedo, mitad vivo de alegría. Movió la silla que había a mi lado y se sentó.

– Hola Sebastián. – Me dijo.

– Hola viejita, cuánto tiempo.  – Dije con los ojos llenos de lágrimas.

Agarró mi mano entre las suyas y le pregunté cuánto tiempo había pasado. Cuatro años. Las lágrimas salieron de su escondite.

– Así que esto es el cielo. 

– Sí viejita, ahora sí que es el cielo.








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