Bona Sort

Dec 20

Eran las 6:25 de la mañana. Los pájaros volvían a cantar su particular solo para dar la bienvenida a un nuevo día, y como cada mañana, abrió los ojos. Le gustaba comenzar el día con un estímulo agradable con el que afrontar mejor la mierda de día que probablemente iba a tener por delante, y no se le ocurría una forma más acertada que el canto de los gorriones que tenía su teléfono móvil como sonido de alarma. Pensaba que si despertarse a las 6:25 podía tener algo bueno, mejor que lo tuviera. En teoría, con pensamientos positivos podría atraer hacia él todo lo que quisiera. En realidad no sabía si ese era su correcto funcionamiento, pero él tenía puesto desde hacía dos semanas los gorriones a sabiendas de que probablemente no sirviera para nada.

Tras treinta segundos de cantos que poco a poco fueron intensificando su volumen, se decidió a mandar a dormir a los gorriones y levantarse. Lo hizo como todos los días, con el pie derecho primero. Bostezó, se metió la mano en los pantalones para acomodarse el pene y se dirigió a la ventana. La noche todavía cubría la ciudad, pero el cielo comenzaba a tomar un ligero color más claro. Un nuevo día estaba a punto de empezar. Miró al frente. Sus vecinos seguían durmiendo como de costumbre a esas horas de un martes, y en la calle todavía podía escucharse el silencio de la ciudad. No duraría mucho más tiempo y este era, probablemente, uno de los únicos placeres que le daba levantarse tan temprano. Tras un par de minutos mirando la calle vacía y sin ningún pensamiento que rondara su cabeza, el frío comenzó a erizar sus brazos. Bajo la persiana, cerró la ventana y salió hacia el baño.

Su casa era como cualquier estudio medio decente de una gran ciudad, pequeña. Pagaba un precio que consideraba razonable, estaba en buen estado y los vecinos no molestaban. Un 8 sobre 10.  Al salir de la habitación se pasaba directamente al pequeño salón de la casa donde Yen, su mezcla de Labrador y Border Collie, seguía durmiendo. Lo cruzó dando 4 pasos, giró a la izquierda, encendió la luz del baño, abrió el grifo y se lavó la cara. Se secó, se miró al espejo y confirmó que no tenía nada de lo que avergonzarse. Era feo, pero al menos se le podía mirar a la cara. Retrocedió dos pasos, se bajó los pantalones y se sentó en la taza del water. A los pocos segundos su esfínter se aflojó y comenzó a soltar una contundente meada que sorpresivamente iba acompañada de un pedo. Salió hermético, como cuando se cierra la puerta de un avión al presurizarse. Un sonido sordo y minúsculo. Su vejiga cortó el grifo tras 30 segundos aproximadamente de un constante chorro de orín, algo que le sorprendió y entristeció a partes iguales. Siempre le gustó el olor del pis después de una cena con espárragos. Cogió un poco de papel, se lo pasó por el culo por si ese pedo que acompañaba a la meada iba a su vez acompañado de algo más y lo miró. Limpio. Se subió los pantalones, tiró de la cadena y se lavó las manos. Al salir vio a Yen con los ojos abiertos mirando en dirección al baño. Estaba con el rabo levantado, pero seguía hecho un ovillo en su cama. 

El reloj del escritorio marcaba las 6:37. Iba con el tiempo justo si querían dar con Yen su habitual paseo por el Parque del Oeste. Todavía no hacía un frío molesto en la ciudad, pero a esas horas, salir con una sudadera era jugársela mucho, así que cogió el móvil, agarró el cortavientos que tenía detrás de la puerta y salió. Yen se levantó de un salto y se dirigió a la puerta. Tardó 4 segundos en llegar. Se sentó al lado de un pequeño mueble que había en la entrada. Dos segundos después llegó él. Se puso las zapatillas, cogió las llaves y se las guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón. Buscó el collar y la correa de Yen, que casualmente hacía juego con su abrigo, y se lo puso.


- Despacio –Dijo al mismo tiempo que abría la puerta. -Despacio.

Era la única manera de que Yen no fuera corriendo hasta el ascensor y se sobresaltara. Ya tenía 12 años, y aunque parecía que tuviera 5, en el fondo estaba mayor. El año pasado había sufrido un pequeño infarto, y desde entonces intentaba que no se sobresaltara gratuitamente. Mientras veía como llegaba al ascensor y se sentaba mirando fijamente a la puerta comprobó que tuviera bolsas para las cacas del perro en algún bolsillo del abrigo. Llevaba dos, pero por si acaso cogió un par más. Miró a la izquierda y el reloj de la cocina marcaban las 6:41. Cerró la puerta y se fue.

Al poner un pie sobre la acera, el viento le golpeó tan fuerte que se alegró de haber optado por el cortavientos que tanto le gustaba. Era como el típico chubasquero amarillo de pescador británico, pero menos rígido y de color kaki. Le gustaba porque no pesaba nada y porque realmente cumplía con lo que prometía. Paraba muy bien el viento. Pero a decir verdad no sabía qué le gustaba más, si haberlo encontrado en una tienda de segunda mano del barrio de Gràcia, o lo bien que cumplía su función. Con este pensamiento en su cabeza, y recordando vagamente cómo paseaba por las calles de aquel barrio el año pasado, salió de los Arcos de Moncloa y giró a la derecha en dirección al parque. Yen iba unos metros adelantado y se había parado a olfatear la pared de la entrada de una de las bocas de metro. No estaba permitido llevar al perro suelto, pero a las 6:44 no había todavía mucha gente en la calle y le daba el gusto a su buen amigo.

El Parque del Oeste era uno de los más grandes de la ciudad. Recordaba haber leído cuando se mudó a Madrid que tenía más de 70 hectáreas, pero que El Retiro le superaba. Aun así, era muy grande y que estuviera a dos calles de su casa le parecía un lujo. Desde la zona por la que solían entrar ellos, el parque, que no contaba con ningún tipo de verja que lo delimitase, se abría entre dos calles que descendían colina abajo. Él y Yen solían bajar por la de la derecha, que era más larga y estaba entre dos zonas de un verde y cuidadísimo césped, poblado y repoblado por una gran cantidad de pinos, y otra gran variedad de árboles que era incapaz de identificar. Esa mañana, un gato marrón y blanco hizo que entraran por la zona de descanso cubierta de pinos que había entre las dos calles. Yen lo persiguió hasta que este pudo escaparse saltando una pequeña valla que separaba el paseo de la acera de la calle. Cuando desapareció, miró a su dueño, que caminaba tranquilamente contemplando cómo las ramas de los pinos se movían por el viento. Comenzaron a bajar un pequeño sendero cubierto de ramitas secas de los pinos, que junto con la tierra y las piedras del camino, creaban una pequeña vibración tras cada pisada. No recordaba haber bajado nunca por ahí y la verdad es que era totalmente distinto a la calle por la que solían hacerlo. Mientras bajaba, se sintió como si estuviera en el interior de un pequeño bosque. Aislado. Separado de todo. Tan separado que no sabía dónde estaba Yen. Comenzó a silbar mientras subía por una pequeña ladera y lo vio mirando hacia todos lados con las orejas levantadas. Silbó de nuevo mientras iba hacia él y el perro se acercó corriendo. El viento se había calmado un poco, pero todavía azotaba levemente las ramas más altas de los árboles. A las 6:55, las vistas del parque eran totalmente nuevas para él. Había más silencio que árboles.

A la izquierda, el sendero descendía hacia una gran avenida que cruzaba el parque de punta a punta. Yen se adelantó a olfatear el tronco de un pino como si fuera lo más suculento del mundo. Al terminar, se giró y meó encima del refrito de meadas de perros y algún que otro borracho que era ese tronco. Era la cuarta meada que le veía hacer desde que habían salido de casa, y como si de un efecto rebote se tratase, su esfínter se soltó. Un pequeño pinchazo en la barriga le hizo pararse y retorcerse mientras se apretaba ligeramente el abdomen. Continuó en esa posición esperando que el malestar pasara. Que no salga nada, pensó mientras notaba cómo su cuerpo comenzaba a acelerarse. Al cabo de unos segundos pudo volver a ponerse erguido. Falsa alarma. Esperó a que su cuerpo se calmara antes de continuar caminando con la mirada fija en Yen, que ahora olisqueaba la pata de un banco.

En la avenida miró a ambos lados y se quedó observando a una pareja que se acercaba corriendo hacia donde estaban ellos. Bueno, solo él porque Yen había salido disparado al encuentro del perro que les acompañaba nada más verlo. La pareja continuó con su trote sin prestar mucha atención a su perro, que se enzarzó con Yen en una espiral infinita por intentar olerse el culo. Cuando ya estaban a una distancia considerable, el hombre gritó -¡Pico!- y el perro salió tras ellos. En pocos segundos volvía a estar dando vueltas alrededor suyo movido por esa alegría desbocada que tienen los perros cuando no te ven durante un buen rato. Todo lo contrario a Yen, que se había sentado en mitad de la avenida. Mientras silbaba para que viniera, y todavía mirando hacia la derecha, fue a dar un paso en la otra dirección cuando escuchó algo que le sobresaltó y le hizo detenerse de golpe. Al girar la cabeza, una mujer le pasó por al lado a toda velocidad y continuó su marcha hacia el mismo lugar donde había ido la pareja anterior. Era increíble la cantidad de gente que madrugaba para hacer deporte a las 7:02 de la mañana.

Pensó que no le vendría nada mal decidirse a hacer lo mismo con la excusa de tener que pasear a Yen, pero nunca había sido buen deportista. A decir verdad, nunca le vio un atractivo especial a practicar deporte. Pero tenía la suerte de que su familia siempre había tenido una genética envidiable. Desde el instituto no se había cansado de escuchar esa frase. Y sí, podría decirse que su familia tenía una genética envidiable para no engordar. Por el contrario, tanto él, como su padre, su abuelo o sus primos, parecían una familia de bichos palos. Altos, espigados y escuálidos. La broma de que si se ponía de perfil no se le veía también la había escuchado desde el instituto. La pareja de runners, la mujer, y el resto de personas que hacía un momento estaban allí, habían desaparecido, pero el parque tenía cada vez más gente abusando del oxígeno que producía. Yen, que hacía un rato que había vuelto con él, estaba sentado a su lado esperando a que se pusiera en marcha. No sabía bien hacia que parte ir esa mañana, así que comenzó a cruzar la avenida para ir a la otra acera. Al poner un pie en la calle y comenzar a andar sintió un poco de presión en el vientre y aprovechó para tirarse un par de pedos furtivos ahora que no tenía a nadie cerca. Salieron rápido, dejando la misma sensación que cuando explotas una burbuja del papel de burbujas protector de los electrodomésticos. Puf. Puf. Uno con cada paso.

10 segundos más tarde llegó al otro lado de la calle, apretado el culo y andando a pasos cortos. Se acercó rápidamente a un banco y se sentó cruzando las piernas para cortar las repentinas ganas que le habían entrado de ir al baño. Yen seguía a lo suyo, olfateando todo lo que encontraba a su paso. Él, se cagaba encima. Se quedó mirándolo mientras olisqueaba el césped y los árboles como si fuera el único ser vivo que se encontraba en el parque. Cerró los ojos y respiró lenta y profundamente. Inspirar. Expirar. Inspirar. Expirar. Notaba cómo el aire le llenaba los pulmones en un intento de calmar a su cuerpo, pero también notaba unos retortijones de narices y cómo su ano luchaba por romper el muro de músculos contraídos que era su culo en ese momento. Al cabo de unos minutos abrió los ojos. Con el revuelo que se había formado dentro de él se le había olvidado que hacía frío. Miró el móvil. 7:18, el plan habitual se había ido a la mierda. Levantó la vista para buscar a Yen y lo vio tumbado al lado de unos arbustos mirándole. Lo llamó y salieron andando en su recorrido habitual.

Avanzaron por la avenida con paso lento. Yen porque se había cansado de olfatear el parque, y él porque no quería que un movimiento involuntario y fortuito le jugara una mala pasada. De vuelta en su paseo se cruzaron con varias caras conocidas. Después de varios meses bajando al parque a la misma hora suponía que era lo normal, y mientras las miraba, pensó en cómo serían sus vidas. ¿A qué se dedicarían para estar corriendo en un parque a las 7:22 de la mañana? A lo lejos vio como se acercaba una mujer que se encontraba en el parque cada día. Tendría unos 45 años, y corría siempre con mallas negras cortas, un cortavientos naranja o amarillo y gafas de sol. Iba toda uniformada por Nike y con prendas que parecían último modelo. Tenía pinta de consultora o Directora General de alguna empresa importante, y siempre se quedaba mirando su inmaculado pelo pelirrojo. Era de esas mujeres que transmitían poder y seguridad nada más verla. No tenía cara de mala persona, pero, a decir verdad, las gafas le tapaban los ojos, así que no podía terminar de prejuzgarla. Le gustaba mucho hacer eso, prejuzgar a la gente. No lo hacía con mala intención, simplemente le gustaba imaginarse cómo era la vida de una persona a través de la primera impresión. Pero nunca dejaba que ese prejuicio que emitía por su forma de andar, sus gestos, su ropa o su manera de hablar, le afectara en una posible relación. Lo hacía por gusto, por la curiosidad tal vez. La mujer los había pasado hacía ya un buen rato. Y ellos ya habían hecho la mitad del camino que les quedaba cuando comenzaron a subir la cuesta que los llevaría hasta la calle de nuevo.

Yen volvía a estar algo más adelantado, escrutando los nuevos olores que le ofrecía el parque, mientras él subía tranquilamente la cuesta. Todo se había calmado. Sus pulsaciones. Su respiración. Su esfínter. Ya no tenía que andar apretando el culo y era una gozada. Eran las 7:30 pasadas y el día comenzaba a hacerse visible poco a poco en el cielo. Ya casi no quedaba rastro de oscuridad, al igual que del viento, aunque esa no era la razón por la que llevaba el cortavientos abierto. Subió mirando fijamente a Yen, que a su vez miraba a un moscardón que no paraba de revolotear alrededor de su cabeza. Intentaba cogerlo, pero a pesar de ser uno de los gordos, se movía con bastante agilidad para sus gastados reflejos. Al cabo de unos pocos segundos se cansó de intentar atraparlo y buscó a su amo con la mirada perdida. Estaba cerca, y juntos, salieron del parque.

La ciudad ya no era la misma. Hace una hora todo el mundo seguía durmiendo, apurando los últimos minutos de cama y de sueños. Pero ya no. El silencio se había callado para dar paso al verdadero sonido de la ciudad. Los motores de los coches, los molestos acelerones de las motos, los cláxones. El llanto de algún niño que no quería ir al colegio. 20 metros para pasar del paraíso al caos, pensó. Miró el teléfono por curiosidad, perplejo por todo el ajetreo que existía fuera del parque y por ver a la gente como loca. Eran las 7:35. Él también debería estar como loco. El tiempo se le había echado encima y todavía tenía que llegar a casa y preparar todo para irse a la oficina. Pero él no era así. Cruzó de acera sin quitarse de la cabeza qué podría haberle causado esa indisposición en el estómago, pero caldo caliente y un poco de bacalao a la plancha con brócoli no tenían pinta de ser algo que te hiciera estallar el culo de caca. ¿Cuál de las tres cosas estaría en mal estado? El pescado no porque lo había descongelado esa misma mañana. El brócoli llevaba solo 3 días en la nevera, creía recordar, y el caldo de pescado tres cuartos de lo mismo. El creía que 3 días estaba dentro del límite legal no escrito de la conservación de algo en la nevera. Pero quizá no era del todo cierto. Mientras subían una de las calles que los llevaba a casa no podía para de mirar a la gente ir y venir como si el mundo se acabara. Todo estaba a rebosar. La carretera llena de coches, y la acera llena de personas. Si esto era así cada mañana, se alegraba de salir de su casa a las 6:30 cada día. Continuaron subiendo a buen ritmo con la intención de ir recortando algo de tiempo en vista de que ya iban con bastante retraso y de que Yen no tenía ganas de soltar lastre. Ya había perdido hasta el interés por pararse a olfatear los bolardos de las esquinas o las farolas. Solo tenían que subir la calle y girar a la izquierda por Princesa. Pronto estarían en casa.

 Yen ya estaba cansado. Lo notaba porque había aminorado el ritmo. Él le había seguido el juego para darle un poco de descanso a su amigo, pero estaban a una manzana de llegar al final de la calle y el semáforo estaba parpadeando, así que tiró un poco de la correa para avisarle y dieron un sprint de 20 metros para cruzar la calle. Su amigo respondió al instante, como si tuviera guardado un poco de óxido nitroso en su cuerpo esperando a ser usado. El que no respondió fue su ano, que dejó salir lo que podría catalogarse en el argot español como pegatina. Ese liquidillo que de caca líquida que sale para manchar el calzoncillo. Lo notó ni bien puso el pie en el otro extremo de la calle. Poco, pero suficiente. Mojado. Como la gota de sudor que le bajaba en ese momento por la espalda. No sabía dónde meterse y la sensación de que la gente sabía lo que estaba pasando le hacía ponerse más nervioso. Apretó el glúteo e hizo como que se rascaba un poco el culo para apretarlo aún más con la mano en un intento de parar, momentáneamente, el escape que había surgido en su cuerpo. Iba a sopesar sus opciones, pero no había muchas, se cagaba encima. Y ahora la gente sí le miraba al pasar porque estaba quieto en el centro de la acera, con el rostro desencajado. Tenía que hacer algo rápido.

Se olvidó de ir a casa y tiró por la calle que estaba a su izquierda. Volvió a caminar a pasos cortos, con el culo totalmente apretado, lo que dificultaba todavía más poder andar. Por suerte no había nadie en la calle. Nadie. ¿Acaso era la única calle de Madrid sin bares? En una ciudad con 31.398 bares, le había tocado la calle que no tenía ninguno. Una frutería que se traspasaba, una mercería, un mercado donde iban y venían los mozos cargados de fruta, verdura y carnes… pero ni un triste y miserable bar con un jubilado tomándose un maldito carajillo. Y mientras los nervios le presionaban cada vez más en la sien, su espalda parecía la catarata del Niagara. De su ano mejor no hablamos, pero había aumentado levemente la pegatina en sus calzoncillos. Levantó la vista para cruzar la calle y a lo lejos reconoció la fachada del Cuartel General del ejército del Aire. Estaba cerca de casa, pero no lo suficiente. Cruzó mirando la bodega de la esquina, que obviamente estaba cerrada, mientras seguía lentamente de largo.

Un salón de uñas, una autoescuela, una tienda de informática y dos peluquerías. Miraba a izquierda y derecha, pero no encontraba una salida al problema que tenía entre las piernas. Por el contrario, aumentaba. No sabía qué hora era, pero deberían de ser casi las 8, y hasta en esa calle sin mucha cosa que ofrecer al mundo empezaba a haber más gente. Hizo un parón de emergencia a la mitad y se sentó en el escalón de un portal para intentar relajar un poco el cuerpo. Yen no entendía nada, se sentía perdido haciendo ese camino y lo único que quería era llegar a casa. Se sentó delante de él mirándolo con la mirada perdida y levantó su pata derecha para reclamar algo de cariño. Él también tenía la mirada perdida mientras le acariciaba la cabeza. Solo podía hacer dos cosas en ese momento, y una era no llenarse las piernas de caca. Al cabo de unos minutos se levantó con mucho cuidado y comenzó a andar con los mismos pasos cortos que le habían ido acompañando esa mañana. Mientras avanzaba se fijó que el cuartel estaba a unos 250m. Calculó rápidamente cuánto le quedaría para llegar a su casa. Era complicado, pero no imposible. Sufriendo, y poquito a poco, pensó que podría llegar sano y salvo, obviando el pequeño incidente que le aguardaba en los calzoncillos. Comenzó a avanzar decidido, levantó la cabeza otra vez para mirar que no vinieran coches y al ir a cruzar vio una señal divina. A unos 20 metros del inicio de la siguiente calle había un contendor de obra que tenía un coche aparcado delante. Fue una sensación casi orgásmica. Una buena noticia que solo pudo empañar un retortijón contra el que nada pudo hacer y que le hizo tener que centrar todas sus fuerzas en no cagarse en mitad de la calle y evitar que lo atropellara un coche. No surtió efecto. Su culo se liberó, y su esfínter, también. Consiguió llegar al otro lado de la calle, pero el sacrificio fue grande. Se miró la entrepierna y vio una pequeña mancha. La parte de atrás no la podía ver, pero la podía sentir.

Ni bien puso un pie en la acera, soltó la correa y salió a toda prisa. Yen notó cómo esta le golpeaba en la cabeza y resbalaba lentamente por su cuello mientras veía cómo su dueño se alejaba. Miró contrariado a ambos lados y se acercó a oler el parquímetro que tenía a su derecha, ajeno a lo que estaba ocurriendo. Y lo que estaba ocurriendo era que su dueño se cagaba, literalmente, encima. Esos 20 metros que le separaban del pequeño escondite que había imaginado en su cabeza estaban siendo un infierno. El sudor ya no solo le corría por la espalda, ahora notaba cómo le resbalaban las gotas desde el sobaco hasta la cintura, por no hablar de cómo tenía la cabeza. Si el ser humano era 70% agua, él era ahora 50% sudor. Caminaba como podía, con el culo tan apretado que empezaba a contracturarse, y bajándose la cremallera del pantalón para ir acelerando el proceso. Cuando llegó tenía la bragueta completamente abierta y una mano dentro de los calzoncillos agarrándose el pene. Al agacharse y aflojar el glúteo, su ano cedió y dejó escapar un poco más de esa mierda líquida que le venía atormentando desde hacía un buen rato. Rápidamente se colocó de cuclillas al tiempo que se bajaba los pantalones y, sujetando el pene hacia abajo, dejó que sus dos orificios se relajaran. Uno fue como la apertura de una presa, y el otro, igual. Por su culo, tras un pequeño estruendo, un gran chorro a presión salió disparado contra el suelo dejando un bonito cuadro de Pollock sobre el asfalto, que posteriormente se completó con un pequeño montón de heces pastosas que fueron cayendo una encima de otra formando una montaña. Sin duda podría considerarse una obra de arte. A fin de cuentas, también llevaba los bajos de los pantalones salpicados de pintura. Por delante no hubo nada destacable, solo una gran meada a una velocidad que nada tenía que envidiarle a los Shinkansen japoneses, y que se estrelló primero contra el asfalto, y posteriormente fue redirigido hacia debajo del coche al ver que no paraba de salpicar la acera. 45 segundos después, todo había acabado. Aun así decidió quedarse un poco más de tiempo agazapado en su escondite. Necesitaba relajarse un poco y conseguir que su cuerpo se templara tras el estrés al que lo había sometido. Además, había visto pasar por delante de él las piernas de alguna que otra persona. Pero por suerte, más allá del olor, no reconocieron nada suyo. Mientras se relajaba y decidía qué iba a hacer ahora, Yen apareció delante de él. Comenzó a menear el rabo al verlo, pero su olfato le sugirió que había algo más interesante que la persona que veía constantemente y comenzó a guiarlo hasta la obra de arte que había dejado su dueño. Intentó por todos los medios que desistiera en su empeño, pero Yen seguía a lo suyo. Veinte segundos más tarde, tras dar 3 vueltas en círculo, pegó su culo al suelo. Miró fijamente a su dueño con la cara más triste del mundo y comenzó a echar una mierda de dimensiones considerables.

Ya estaba todo el pescado vendido. Cogió aire lentamente, abrió los ojos para no apoyar las rodillas sobre ningún fluido, y en la postura más cómoda que pudo, se subió los pantalones. Yen estaba sentado en mitad de la acera, mirándole. Como si estuviera juzgando lo que acababa de suceder. Le pareció cómico y soltó una carcajada. Sacó la cabeza de su escondite para ver si venía alguien. Una mujer se acercaba por la izquierda, pero iba mirando el móvil, así que no le vio. Nadie por la derecha. Casi lo tenía. La mujer pasó y con un movimiento rápido, y esquivando la mierda de Yen, apareció en la acera. Volvió a mirar rápidamente que no viniera nadie y disimuló acariciando a su perro, que no entendía nada, pero se dejaba querer. Unos segundos después, se levantó y volvió a la escena del crimen Recogió primero la caca de Yen, y después lo que pudo de la suya. Se guardó cada una en un bolsillo de la chaqueta y continuaron su camino.

Con la calma de quien no le teme a nada llegaron a la calle de la Princesa. Estaban a 400 metros de casa, pero ya daba igual, la presión había desaparecido. Eran las 8:17 y todo estaba a rebosar. Un gran atasco ocupaba la calle e impedía la salida de Madrid, y multitud de estudiantes y trabajadores caminaban a toda prisa. Volvió a pensar que salir de su casa a las 6:30 tenía sus ventajas, e incluso que haber sufrido este imprevisto había sido una molesta suerte. Mientras esperaba para poder cruzar observó que la mujer que tenía al lado le miraba de reojo. Intercambiaron un breve pulso y esta apartó la mirada a la vez que se tapaba ligeramente la nariz. Tardó unos segundos en caer en la cuenta, pero aguzó el olfato y cayó. Olía literalmente a mierda. El semáforo se puso en verde, y todos salieron disparados.

Llegando a casa, Yen se paró en la farola que tenían en la esquina, como de costumbre. Hubiese meado 1 o 15 veces, siempre tenía algunas gotas para esa farola. Mientras esperaba a que terminara, sacó una de las bolsas de mierda. Era la suya. Pesaba poco y notaba algo de líquido dentro. Era lo único que había podido rescatar. La apretó un poco para notarla y la tiró. Fue a tirar la segunda, pero se detuvo. Abrió la bolsa y miró dentro. Estaba intacta. Igual que cuando había salido del culo de Yen. La mantuvo en su mano pensando en el día que había vivido. Se sentó en el portal de su casa y le hizo un gesto a Yen para que hiciera lo mismo. Esperó con la mierda escondida hasta que todas las personas desaparecieron. Se levantó y la dejó a un metro de la puerta de su piso. Volvió hacia la papelera, tiró la bolsa y se quedó mirándola. Gracias a una mierda se había dado cuenta de la suerte que tenía de no vivir las mañanas como toda la gente que había visto correr estresada por la calle. Quizá, con suerte, algún vecino no vería esta al salir y podría atraer hacia él aquello que deseaba.








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